Estados Unidos pretende aleccionarnos sobre los peligros de relacionarnos con la droga abiertamente, como si estuviese en posición de ofrecernos semejante cátedra.
En ello es exactamente igual a uno de esos junkies duros que tratan de decirle a otros cómo evitar la droga, mientras ellos mismos no pueden sacudírsela de encima. Asegura un comunicado de la embajada de EU que el uso de la cocaína o la metanfetamina en ese país ha bajado. ¿No tiene eso que ver con que otros narcóticos han venido a disputar su mercado, lo cual por demás se refleja en el hecho que en nuestro propio país estemos descubriendo preñados toneles de materiales químicos para drogas de diseño?
Drogas de diseño que ciertamente no corresponden a nuestro consumo local. Porque de hecho, en lo tocante a droga, nuestro problema raíz nunca ha sido el consumo, sino el trasiego. Del mismo modo, el problema raíz de los Estados Unidos no es fundamentalmente el trasiego: lo es el consumo. Pero ellos han insistido en decir a lo largo de las décadas, por medio de una remachante maquinaria de relaciones públicas, que el enemigo número uno y exclusivo de todos y para todos son los productores y los traficantes, lo cual en el mejor de los casos es una verdad a medias. ¿Cuál es la verdadera razón por la cuál no suavizan su posición, en pos de una genuina corresponsabilidad?
El problema de droga de los Estados Unidos no es igual al nuestro, y sobre todo no es nuestro problema. Nos han impuesto su propio problema de drogas, y también quieren imponernos su solución. La misma no ha servido nunca, y sigue sin servir.
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