En esta vida hay que saber divorciarse. De las personas, de las cosas, de los hábitos, de las creencias y de mil barrotes que nos dan seguridad, pero también nos aprisionan. Cada quien se descubre alguna vez encerrado en una jaula de la que quisiera salir, algunos –quizá la mayoría– hasta hemos contribuido a construirla, pensando que más vale jaula en mano que mil castillos en el aire.
Divorciarse es poner una sana distancia física, mental y afectiva respecto a aquello ante lo cual estamos atados y nos impide evolucionar. Tal vez en algún momento todo eso fue necesario para irnos construyendo, para sentirnos protegidos, para sobrevivir; pero si el apego es tan grande que nos coarta la libertad de ser, de ampliar nuestro horizonte, de encontrar opciones, lo que antes fue un factor de crecimiento se vuelve ahora una esclavitud.
En mi consultorio veo a muchos pacientes que sufren por no saber cómo salir de situaciones en las que se consideran atrapados. Más que estar atados a personas o a circunstancias, suelen tener apego a las ideas y creencias que tienen de sí mismos y de las condiciones que les parecen insoportables. Y con tal de no pensar, a menudo practican la huída hacia adelante: nuevas adicciones, nuevas distracciones, nuevas prisiones.
Salir de ellas no es fácil, es un proceso que se prepara. Puede que haya dolor por el desprendimiento y que otras personas se vean afectadas, lo cual requiere el aprendizaje de otras habilidades. Pero en cualquier caso, nada es más valioso que el sentimiento de saberse libre y de poder optar. Entonces se respira y se duerme maravillosamente.
>elPeriódico
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