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    Guatemala, domingo 19 de febrero de 2012

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    EL ACORDEÓN

    La vida prestada

    El siguiente relato es un fragmento del libro, de próxima publicación, “Livingston Forever” de Tito Bassi. El escritor suizo, residente desde los años setenta en este país, hace un vívido retrato, con gran agudeza y sentido del humor, de la Guatemala de los tiempos convulsos.

    Estaba amaneciendo cuando llegamos a donde Doña María, en el kilómetro 182 de la ruta al Atlántico. Un oasis de frescura a orillas del asfalto abrasador era el renombrado mesón. Atrás, en una hondonada, corría el agua fresca de la Sierra de las Minas. Desde el balcón del comedor y valiéndose de una soga, la cocinera recuperaba una nasa con mojarras vivas, a pedido de quienes quisieran deleitarse con ese delicioso platillo. Ese día me acompañaban algunos amigos de Meme Colom, un arquitecto de la camada de becados en Florencia, Italia, y Adolfo, un sindicalista del glorioso SAMF, el sindicato del ferrocarril. Adolfo era ahora activista del Partido Revolucionario (PR) de Pancho Villagrán, quien en esos días era candidato a la vicepresidencia de la república. Como no teníamos apetito de traileros y por la temprana hora en que habíamos llegado, solo pedimos plátanos fritos, frijoles volteados y huevos de yema colorada. La yema tenía ese color por el achiote que doña María, la dueña del mesón, acostumbraba tirar al patio junto al maicillo con que alimentaba a las gallinas. 

     

    Íbamos recomendados por Meme para que el alcalde de Puerto Barrios nos facilitara algunos contactos en la bahía de Amatique. Mi idea era ver terrenos para realizar un proyecto turístico. El país estaba en las postrimerías de la campaña electoral y, según la oposición, las elecciones serían amañadas; una votación acomodada para favorecer a Romeo —como los activistas llamaban familiarmente al general Lucas—, apoyado por las filas del Partido Institucional Democrático (PID) y del PR, cundido de ex militantes del Frente Unido de la Revolución (FUR). En esa coalición, la gente de Meme buscaba amparo frente al Movimiento de Liberación Nacional (MLN), un partido de derecha que terminaba con ínfulas su período de gobierno, encabezado por Kjiell Laugerud. Laugerud es un apellido noruego que significa: “finca de los Lauge”.

     

    Durante todo el camino habíamos hablado de política. Pero se nos fue la gana de seguir conversando de lo mismo cuando entramos al parqueo de Doña María. Una mujer gorda, que vendía piñas al borde de la carretera, me alertó: “Canchito, tenga cuidado. No se meta en ese chuchal de orejas. Allí solo malacates  hay.  También  está  el  que  tiró  a  mis  dos  hijos  al Motagua en tiempos de Arana”.  Me había reconocido porque era su cliente de visitas anteriores. Así que, por instinto de supervivencia, porque uno nunca sabe qué va a pasar o porque “no vaya a ser qué…” pensé justificar ante el general Lucas y sus acompañantes la presencia de mis amigos.

     

    Para mí era esencial conseguir un salvoconducto virtual que mediatizara a los chismosos que abundan en las reuniones políticas en Guatemala. No era de extrañarse que, para algunos, mis amigos resultaran sospechosos. O que fueran señalados como “canchitos”, “rojos”, “comanches” o con cualquier otro calificativo malicioso que, en aquellos tiempos, significaba “izquierdista”. Así que apenas entré en el comedor pensé por un segundo en cómo abordar al general y tantear su reacción. Era usual que sus dudas las manifestara con un casi imperceptible tic nervioso entre el ojo y la mejilla del lado izquierdo, igual que el Indio Fernández en una película de la Revolución Mexicana. Había conocido a Lucas con anterioridad en su despacho de ministro de la Defensa, en el Palacio Nacional, gracias a un pariente suyo, un poderoso algodonero de nombre Raúl.

     

    En el grupo se encontraba Tomasito, un diputado que unos meses antes me había vendido semilla de Pinus caribea para exportar. Él cosechaba la semilla en los pinares de la base militar de Poptún con la debida autorización de Benedicto, el comandante. Reconocí también a Paz C., un compañero de infancia del general, apodado, con sarcasmo racial chapín, El Negro por unos y Monja Blanca por otros. Algunos días antes en el café Las Vegas de la capital, ese personaje me había querido sonsacar, hasta aburrirme, la forma de cómo se podía abrir una cuenta bancaria en Suiza, sin ser de esa nacionalidad.

     

    Saludé a Romeo Lucas, más llevadero ahora como candidato que en su anterior posición en el despacho ministerial, y luego a sus acompañantes. Sabía que Lucas apreciaba a Meme Colom porque habían compartido el destierro en El Salvador, junto a Alarcón Monsanto, unos años atrás. Meme me lo había confirmado en el Café Milot, de la Avenida Reforma, un día en que junto a su hijito y su cuñado —un constructor italiano—  disfrutábamos  del  pie  de  manzana de doña Loti, la propietaria alemana del café. Le hice ver al general que la Neue Zürcher Zeitung, el periódico más importante de Suiza, acababa de alabar su fórmula presidencial. Pero no quise evidenciar que, seguramente, esa opinión favorable se debía al apoyo manifiesto de la Iglesia Luterana a Pancho Villagrán y no a la simpatía por los generales.

     

    Junto a Lucas estaba sentado su hermano Benedicto, quien venía de Petén rumbo a la capital. Como militar me merecía admiración y respeto por ser egresado de Saint Cyr, en Francia. En Suiza el ejército nunca fue satanizado y yo había estado de alta. Por eso sabía valorar sin dobleces a un buen oficial y podía apreciar, sin rubor, la fama de una gran escuela militar. Allí estaba también el agrónomo que iba a ser interventor del Instituto Nacional de Transformación Agraria (INTA).

     

    Monja Blanca me confió en voz baja que le había pedido al futuro presidente, como único favor, la concesión de los traganíqueles. Por eso seguía pensando en los bancos suizos. Además por si acaso, gracias a su puesto en la Federación Deportiva, los viajes a Europa no iban a ser problema. Y, efectivamente, después de las elecciones fue favorecido con la concesión que anhelaba. Se habían cumplido sus deseos, pero nunca imaginó, el pobre, que el provecho de tal usufructo le iba a ser escamoteado. Para abrir la añorada cuenta bancaria en Suiza —con un gordo cheque del Banco de Guatemala— buscó el apoyo de un amigo de infancia, cobanero como él, quien había heredado un pasaporte suizo y se había ofrecido para llevar a cabo la operación. Pero el testaferro nunca regresó a Guatemala y Monja Blanca nunca más supo del dinero.

     

    Debido a las marañas endémicas de la política y para evitar equívocos, le comenté al general, después de saludarlo, que mis acompañantes eran activistas que luchaban por su misma causa. Lucas reconoció a Adolfo, el sindicalista de Ferrocarriles de Guatemala (FEGUA), porque lo había visto en la casa de campaña que quedaba cerca del Instituto de Seguridad Social (IGGS) de la zona nueve. También reconoció al arquitecto por haber   sido   uno   de   los  cercanos  colaboradores  de  Meme  en  la  municipalidad  de Guatemala. Eso fue cuando el ministro de la Defensa era Fofo Rubio, quien un día le pidió por teléfono al alcalde que abandonara el palacio edil. Según él, desde Zacapa iba a llegar una avanzada de cinco mil machetudos del Mico Sandoval para sacarlo del edificio. Sin embargo, Meme se mantuvo firme en el techo de la municipalidad, acompañado de unos compañeros armados con rifles y escopetas. El ministro le había advertido de modo tajante que no podía ayudarlo. Pero la avanzada liberacionista nunca llegó a la capital, como nunca llegó a Zacapa la tropa que Arbenz envió en tren para detener las huestes de Castillo Armas, que habían entrado desde Honduras. La mitología chapina siempre esgrimió heroicas avanzadas y retiradas que nunca se dieron.

     

    Llegamos a Puerto Barrios al principio de la tarde y fuimos recibidos por nuestro anfitrión, Víctor C., el alcalde del PR a quien apodaban Malacara. Era un líder admirado por los pobres y acosado por los finqueros, aunque en la campaña política bregaba a favor del general Lucas. Víctor era un hombrón de pocas palabras, barrigón y de ojos saltones. En un picop destartalado nos llevó dando tumbos por las trochas de su obra maestra, una lotificación destinada a las clases populares. Como le sucede a quienes ayudan a masas inconsistentes o sin motivación (a menudo manipuladas por grupos adversos), en lugar de satisfacciones, el proyecto le estaba acarreando muchos sinsabores.

     

    Bajo un calor aplastante y el peso de la modorra, al bajar una loma atropelló sin parpadear a un marrano que, con una indolencia tropical, casi humana, había franqueado el camino. En agonía, el animal soltó unos escandalosos chillidos que seguramente se oyeron en toda la lotificación. “Así ya nadie va a suspirar por los chicharrones”, dijo Víctor, imperturbable. Yo imaginé cómo en Europa matar así a un indefenso animal, hubiera  significado  el  final de una exitosa carrera política. En ese soporífero escenario me sorprendió no ver a ningún vecino ni manifestación alguna de malestar.

     

    Solo las chicharras modulando sus chirridos y el gluglutear de los chompipes evidenciaron cierta inconformidad. Me atreví a preguntarle a Malacara si ese atropello no iba a quitarle votos. Pero él, con toda tranquilidad, me contestó: “Saben de sobra que mi picop no tiene frenos y que los lotes que les doy son más importantes que un animal. Mi gente sabe también que la vida solo es prestada; imagínese la de un marrano”. Fue una muestra más del famoso fatalismo chapín.

     

    Esa misma noche “el alcalde del proletariado”, como yo lo consideraba según patrones europeos, se esmeró en mostrarme la vida nocturna del puerto. No me llevó al Medellín, el burdel de mayor fama, sino a un tugurio que parecía la antesala del inframundo. Como era su invitado, no quise despreciar la cortesía de que era objeto y opté por aceptar el halago sin ninguna reticencia. El lupanar era un caserón de precaria estructura, levantado cerca del mar. Cuartones y duelas de madera vieja sostenían el antro, sentado sobre antiguos pilotes, podridos por años de humedad. A Víctor le tocó el cuarto de la entrada, que la dueña reservaba para los clientes VIP, a quienes llamaban “pesados” en términos populares.

     

    Yo nunca hubiera imaginado a jóvenes bonitas y atractivas en un lugar tan deprimente. Y, aunque parecían asustadizas y desamparadas, sabían darle vida al negocio. Contaban que habían dejado atrás Nicaragua, Honduras y El Salvador. Ahora le profesaban el debido respeto al alcalde de los pobres, quien casi se había transformado en el padre putativo que las protegía de los exabruptos del capitán del puerto, el coronel Parranza. En aquel tiempo el militar había iniciado una cruzada moralizadora; odiaba a las mujerzuelas porque se decía que, unos meses antes, una puta del Medellín le había pegado algo feo.

     

    Entré con una mujer en un cuartucho de mala muerte pero más que pensar en el sexo, opté por entretener a la desdichada con psicoanálisis paternalista. Sin embargo, antes de dejarme hablar, voceó a un mesero travesti, digno de una película, para que le trajera una gaseosa con un cuarto de Venado para mí y una cerveza para ella. La muchacha debió  pensar  que  quizá  los  suizos éramos más propensos a los encantos del mesero, o sus condiscípulos, porque yo no mostraba demasiado interés en sus caricias ni en sus atractivos femeninos. Para impresionarme y provocarme se puso a bailar en topless, subida sobre una mesa mugrosa, al ritmo de la música de una grabadora barata. Sus calzones apolillados me recordaron la película El circo, de Fellini, aunque su inerme sencillez contrastaba con su forma ordinaria de mascar chicle. 

     

    La precaria barraca temblaba y parecía que de un momento a otro iba a caernos encima. Pensé en cómo ese escenario podía inhibir a cualquier visitante recién llegado del primer mundo, y cómo en parte, sin quererlo, yo me había asimilado a la vida en estas tierras. Una enorme cicatriz de cesárea, en el bajo vientre de la muchacha, me despertaba, en lugar de erotismo, una gran cólera contra el carnicero autor de semejante avería. Pero unos instantes después, repasando mis experiencias en el trópico, tuve que recapacitar. Quizás estaba siendo injusto. ¡Aquel costurón podía haber sido la obra de un pobre diablo que había realizado un milagro sin siquiera tener a la mano un bisturí! Pensé que, para la pobre muchacha, el solo hecho de no haber muerto de septicemia en aquella realidad tropical, era motivo de regocijo, y de encomio para el buen samaritano que la había intervenido.

     

    De pronto, mis pensamientos se truncaron abruptamente. Se había desencadenado una serie de rítmicas sacudidas que hacían temblar al caserón. Resoplidos y gruñidos, parecidos a los de una pelea de rinocerontes, salían del cuarto de “los pesados”.

     

    —Es el viejo gordo —dijo ella, refiriéndose al alcalde—. ¡Así hace cuando acaba!

    Tito Bassi

    18 febrero 2012

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