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    Guatemala, domingo 19 de febrero de 2012

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    NACIÓN

    "Tenemos muchos rasgos de normalidad a pesar de la situación tan difícil que vivimos”

    Marco Antonio Garavito, Director de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental

    Para enfrentar la violencia, los guatemaltecos hemos desarrollado mecanismos de adaptación.  Así opina el sicólogo Marco Antonio Garavito, quien resalta, además, que en este país la gente es al mismo tiempo de barro y de hierro. “Frágiles por las circunstancias históricas, pero con enorme capacidad  de resistencia“.

     

    ¿Cómo debiéramos enfrentar los guatemaltecos el miedo que sentimos al salir a la calle?

     

    – Es importante no hacer una generalización a partir de temores personales. Ello, con el fin de no crear percepciones en otros sujetos que no están imbuidos en la misma situación. La violencia es un tema recurrente en nuestra sociedad desde hace mucho tiempo. Aquí el  Estado se ha constituido a base de violencia desde tiempos de la Conquista.

     

    Una violencia que sigue aquí…

     

    – Así es. A lo largo de la historia, esta se ha mostrado de forma diferente y con momentos de mayor y menor auge. Durante el conflicto armado, se trataba de violencia política. Hoy, violencia delincuencial. Pero siempre ha estado presente. A mi entender, tal cosa ha causado que la gente desarrolle mecanismos de adaptación al fenónemo. Ocurre en la actualidad, como ya ha pasado antes.


    ¿Puede ser más específico?

     

    – Los seres humanos no podemos vivir en  permanente ansiedad.  Esto traería consigo la pérdida de la realidad y el desarrollo de patologías. No creo que los guatemaltecos estemos en esa fase. Más bien, establecemos estrategias para adaptarnos a la violencia. Una, por ejemplo, puede ser ignorarla; otra, superarla. La persona que ha sido víctima del robo de su celular ocho veces sale a trabajar todos los días, se sube al bus, sigue con su rutina. Este mecanismo de defensa evita sufrir más de la cuenta.  Sin embargo, ello tiene un costo.


    ¿Cómo cuál?

     

    – La pérdida de sensibilidad: dejamos de sentir. Los guatemaltecos somos introvertidos, fríos, distantes, desconfiados. El sicólogo jesuita Martín-Baró, quien vivió durante mucho tiempo en El Salvador, decía que lo anormal en estas sociedades no son las personas, sino el sistema. El que alguien sujete sus billetes dentro del bolsillo del pantalón no es síntoma de paranoia. Quiere evitar ser víctima de un robo. Es una salvaguarda positiva.


    Mecanismos de adaptación…

     

    – Los cuales nos protegen de incurrir en patologías mayores. El ser humano busca cómo resguardarse en un medio hostil. No cruzamos la calle si vemos un perro grande sobre la banqueta. Yo, fui miembro del movimiento revolucionario,  y jamás volví a sentarme con la espalda dando a una puerta. Ahora bien, es importante reconocer que, en nuestro país y a pesar de todas las adversidades, los índices de suicidio son relativamente bajos en comparación con  países  donde se han resuelto estos factores adversos. Los guatemaltecos somos muy fuertes, pero a la vez desconfiados. Hemos construido conchas de protección. Somos al mismo tiempo de barro y de hierro. Frágiles por las circunstancias históricas, pero con enorme capacidad de resistencia. Tenemos muchos rasgos de normalidad, a pesar de la situación tan díficil que vivimos.


    En un medio como el nuestro, ¿deberían de preocupar los cambios de conducta en alguien?

     

    – No, porque ello puede ser una necesidad momentánea. Parte del proceso propio de un duelo si se es víctima de un robo, por citar un caso. Pero si una persona deja de trabajar, no sale de su casa o se desajusta el funcionamiento de su vida, entonces la situación se vuelve inquietante. Es sano desconfiar de ciertos ambientes, más no de todos.


    ¿Cómo explicar reacciones en extremo violentas ante situaciones que no lo ameritan?

     

    – El guatemalteco está inmerso en un síndrome sicosocial traumático. Este es resultado de un proceso que va, desde la violencia que genera una estructura de pobreza, hasta la violencia más organizada, como el narcotráfico. La consecuencia de este síndrome, es que, o se pierde la capacidad para reaccionar de forma racional, o  deja de tenerse control sobre las emociones. Ello provoca tragedias por incidentes minúsculos como un choque sin importancia. Otro indicador del fenómeno es la credibilidad cada vez menor que se tiene en las instituciones.

     

    ¿Cómo se refleja en la realidad eso que describe?

     

    – El ser humano necesita un referente de identidad tipo sombrilla, y ese es el Estado. Si este no protege y ayuda, la población vive con sensación de desamparo, y las personas intentan resolver los problemas por sí solas. De ahí, que se contraten sicarios para saldar deudas pendientes.

     

    La sociedad no parece prestarle mucha atención a la salud mental…

     

    –La salud mental siempre ha sido una Cenicienta sin la zapatilla perfecta. El Estado jamás la ha incorporado a políticas de salud pública.  La Liga de Higiene Mental está por cumplir 60 años. Se estableció durante el régimen de Jacobo Árbenz y en las décadas siguientes recibió escasa atención. Se sigue creyendo que al hablar de salud mental nos referimos a locura. Nuestros esfuerzos se han enfocado en romper esos prejuicios. En aras de ser un tanto optimista,  dire qué la situación ha cambiado en los últimos tiempos.

     

    ¿Cómo se notan estos cambios?

     

    –Nosotros contamos con una clínica y son cada vez más las personas que acuden a recibir terapia. Aunque la realidad no se puede cambiar, con tratamiento sicológico  puede uno aprender cómo ajustarse mejor a una situación adversa y  sentir que tiene más control sobre su vida.

     

    ¿Colocar talanqueras puede entenderse como intentos de recuperar control en un vecindario?

     

    –La tendencia de colocar garitas, aunque parezca la salida ideal, es absurda. Hay 20 mil islas en esta ciudad y cada persona está circunscrita a tres cuadras. Si tal práctica hubiese llevado a mayor estabilidad,  ello se reflejaría en  una colonia organizando churrascos los fines de semana y los jóvenes jugando en la calle. Entonces, otra cosa sería. Pero nadie habla; la gente apenas se conoce. Todo eso tiene un costo en la parte humana y ciudadana que no se aprecia lo suficiente. Este país nunca se va a reconstruir bajo ese esquema.

     

    ¿Qué medidas adoptar entonces?

     

    –Podemos encerrarnos en tres cuadras, pero además es preciso generar intercambios entre vecinos, por medio de cómites, por ejemplo, y hacer el intento de  crear  acciones de ciudadanía.  Una de las grandes estrategias para enfrentar la vida con éxito es constituir redes sociales. No me refiero a Facebook o a Twitter, sino a todos los vínculos de contenido profundo y,  en los que, por medio de relaciones cotidianas, el juego incluso, se fortalece nuestra conexión con los demás.


    ¿Qué patrones educativos es preciso mejorar?

     

    –El tema de la violencia tiene niveles. La política educativa nos debería hacer entender un asunto básico: la responsabilidad personal de cada quien sobre sus actos. Si alguien lastima a otro no es culpa del presidente, sino de quien golpeó. La percepción generalizada es simple: si yo no soy delincuente, no entro en la lógica de la violencia. Pero los índices de violencia intrafamiliar, abusos sexuales o maltrato escolar de esta sociedad son alarmantes y nos indican otra cosa.

     

    Es decir…

     

    –Nadie nace violento, pero los niños entienden y reproducen la violencia. Ello no desliga a la persona de la responsabilidad que debe tener sobre sus actos. Si logramos asumir  nuestra parte, será más facil caminar hacia la dirección de vivir en paz.

     

    Lo cual implica un arduo trabajo, ¿no?

     

    –Estamos frente a un fenómeno muy complejo, cuya solución requiere de estrategias igualmente complejas y de largo plazo. Querer resolver las urgencias con prisa solo nos frustrará más. Es importante trabajar, de forma intensa, en un proceso generacional para lograr cambios. Por ello, considero de suma importancia apostarle a la niñez en todos los términos.

     

    ¿Cómo mejorar nuestra capacidad de interrelación?

     

    –Para que esta sociedad pueda reconstruirse, es vital desarrollar una estrategia nacional de salud mental, entendiéndola como un proceso para recuperar relaciones humanas sanas, constructivas y productivas. En esta tarea debemos estar presentes todos: medios de comunicación, iglesias, iniciativa privada.  Y claro, también el Estado, el cual debe entender que la salud mental es tan importante como la salud física. No tenemos absolutamente nada, más allá de un Hospital Mental de Salud Mental, por cierto muy deficiente. No se dice nada de la prevención y es fundamental abordarla. Es preciso escuchar a quienes desde hace años venimos clamando en el desierto,  sin lograr que se le preste atención a estos temas.


    En pocas palabras, el objetivo es que la salud mental ya no sea la Cenicienta sin la zapatilla perfecta...

     

    –Así es. Queremos que la salud mental deje de ser esa Cenicienta a la espera del príncipe que nunca llega. Y ese príncipe es el Gobierno.

    Beatriz Colmenares

    18 febrero 2012

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