Para la legitimidad y la cultura democrática, hubiera preferido a un Guardiola.
El presidente Otto Pérez Molina logró lo improbable. Aprobó una reforma tributaria en cuatro semanas de gobierno. Con las maneras ortodoxas en la política del siglo XX, poco democráticas y poco transparentes. Si fuera político, José Mourinho, el portugués que entrena fútbol y ha ganado varias copas, diría que es la única forma de lograr éxitos, que nada de juego democrático, jogo bonito, o cumplir con todas las reglas.
Otto Pérez Molina y el Partido Patriota tuvieron claro el guión. Hablaron desde la noche del 6 de noviembre sobre una reforma fiscal que ordenara el Impuesto Sobre la Renta; lo mencionaron como prioridad el 14 a las 14, lo enviaron al Congreso el 3 de febrero y el 14 a las 24 lo tenían cocinado. Aprovechó el único momento durante toda la legislatura en el que tendrá una mayoría calificada asegurada e ignoró la regla de dar la palabra a los (oportunistas) opositores y discutir la reforma con los especialistas en materia fiscal. Estirar la ley al límite y aprovecharse de la ausencia de un árbitro. Como Mourinho y jugadores como Pepe en el Madrid.
En cambio, negoció esta reforma tributaria solo con los dos sectores que tenían poder de veto: el sector privado (financista de campaña) y los hermanos Alejos; Roberto, el político, y Gustavo, el financista, quienes lograron movilizar a una treintena de diputados que aseguraron se aprobara en un día antes de la interpelación que la bancada de Lider pidió para entrampar la agenda.
Otto Pérez Molina puede agradecer que no tuvo a un Otto Pérez Molina en la oposición.
La carencia de legitimidad democrática en la aprobación de esta ley de Actualización Tributaria (que es el nombre que mejor la describe) se suma a otra carencia, la de progresividad. Estoy a favor de una reforma y que yo tenga que pagar más impuestos por ser un profesional de clase media con un trabajo estable y porque exijo mis derechos ciudadanos y tengo que aportar para costearlos.
Pero qué lejos queda aquella frase de Pérez Molina en la que anunciaba que sería el gobierno conservador más independiente de la elite. Con gravar las utilidades de empresas multimillonarias con apenas 5 por ciento no se hace justicia tributaria. Tampoco dejando que las telefónicas y las mineras paguen lo que quieran, o que las maquilas y los exportadores no tributen lo que deberían. Y sin acceso de la Superintendencia de Administración Tributaria (SAT) a las cuentas bancarias para evitar la descarada evasión de este país y su elite.
Al mejor estilo de Mourinho, es una victoria de 1-0 con todo el equipo colgado del travesaño, frente a un equipo de media tabla, sin capacidad de ataque ni de defensa. Los multimillonarios seguirán dando migajas mientras se quedan con una tajada del pastel tan grande que no pueden comérsela.
www.MartinRodriguezPellecer.com
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