Hay días verdaderamente nefastos —aciagos habría escrito algún novelista de hará medio siglo— en los que la naturaleza ya no parece tan hermosa como uno la ve diariamente o la imagina sentado frente a un escritorio en una oficina pintada de gris manchado por los años.
Son esos días en que algún virus suele colarse en la cama a dormir tranquilamente en el cuerpo de algún inocente que poco antes de salir el sol va a levantarse y se encuentra con que se siente como si lo hubiera atropellado un camión.
Algo así me sucedió esta semana. Un virus que una compañera de trabajo me aseguró ser el H1N1y me sugirió que me quedara en casa para no contagiar a todos. Yo no estaba para contagiar a nadie sino para hundirme en la cama con una caja de kleenex.
Traté de ver televisión, pero era imposible, como imposible era leer; así, acompañada de millones de visitantes no deseados y adormecida por la fiebre, pasé el primer día.
Al día siguiente logré ver las noticias de la mañana y leer un poco. A mediodía vi el programa del doctor Oz y sus adoratrices y luego pasé la tarde de medio de un sopor afiebrado, pero el agua que bebía constantemente me ayudaba a bajar el calor un poco. El dolor de cabeza cedía con algunos medicamentos y decidí que enferma, sí, pero no aislada del mundo.
Entonces encendí la tele y esperé a que llegara el momento de ver un programa que es serio, no me llena la casa de cadáveres ni de cursilerías y se dedica a tratar de los asuntos más o menos serios que suceden en el país, que no suelen ser muchos.
Faltaban cuarenta y cinco minutos para que comenzara el noticiero y en la pantalla un entrevistador le hacía preguntas serias a una joven muy arregladita, muy bien peinada; tal vez le noté un maquillaje exagerado, pero deben haber sido cosas de la fiebre.
Me di cuenta de que estaba mejorando cuando la curiosidad pudo más que la gripe y me quedé escuchando aquella joya.
El entrevistador trataba de obtener respuestas sensibles, inteligentes, sutiles, lúcidas, ingeniosas. Pero se frustraba. Y tenía la caballerosidad de preguntar y dejar abierta la puerta para una respuesta hábil, pero no. Aquella joven impávida –no cambió de posición en ningún momento, sentada de la manera que creía más atractiva o encantadora—se dedicó sobre todo a hablar del negocio que posee, donde le enseña a otras mujeres jóvenes a conducirse como ella, para que triunfen como ella triunfó.
Vine a enterarme de que había sido miss esto o lo otro y que esa experiencia le daba habilidad y destreza para alimentar los sueños de otras mujeres que al menos deseaban ser modelos.
El entrevistador preguntó cómo hacía para llevar por una buena senda a sus alumnos y la miss explicó que les enseñaba a caminar, a sentarse, a usar ropa que las hiciera verse atractivas, zapatos que destacaran sus pies y piernas. Y sobre todo, que aprendieran todos los secretos del maquillaje, y mantuvieran una expresión encantadora en el rostro.
Con gran delicadeza, el entrevistador preguntó si no llegaban a su escuela jóvenes que no estuvieran muy bien dotadas y a las que no se pudiera preparar correctamente precisamente por sus características.
¡Ah! Siempre hay una forma de encontrar cómo mejorar el aspecto de una mujer fue la respuesta inmediata. Por primera vez pareció emocionarse y hasta adelantó unos cuantos milímetros el pie izquierdo, pero lo recompuso rápidamente.
¿Tanto como para entrar a un concurso de belleza? Dijo el periodista.
No, no todas van a entrar a un concurso de belleza. Pero lo que sí es cierto es que todas van a buscar una forma de agradar a los hombres. Entonces, se encuentran en una situación de elegir al que más les convenga, o les guste.
La miss se había soltado finalmente y habló de cómo es necesario ser atractiva en este mundo para encontrar buenas parejas. El periodista trató de regresarla al tema de la belleza y los concursos pero la joven lo atropelló verbalmente:
Lo que es cierto es que siempre encuentra uno su pareja: en las clases altas, en las clases medias… Y uno debe saber dónde buscar, no meterse en problemas. ¿No ve cómo hasta las tortilleras les gustan a los albañiles?
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