Que diga Fito Paez lo que quiera. El ha debido cancelar conciertos.
Ricardo Arjona no pretende ser un teórico de las ciencias sociales ni un especialista en estudios culturales. Tampoco ha hecho canciones sobre la base de poemas, porque no se considera poeta. Lo suyo no es el cambio social, ni la destrucción del capitalismo salvaje ni la reforma del sistema político. Y tampoco tendría porqué serlo.
El es un trovador. Como tal, su afán es componer canciones y cantarlas. Le gusta, como a cualquier artista popular, que sus discos se vendan y que la gente que va a sus conciertos pase un rato agradable. Le encantan los aplausos y goza cuando las multitudes corean sus baladas. Ricardo no es Billy Graham ni Benedicto XVI, porque no quiere “convertir” a sus fans a su credo. Solamente quiere agradarles, compartir su estética particular, que a algunos les gusta y a otros no.
No quiere eso decir que Ricardo sea una persona despreocupada por la humanidad. Que no se dé ínfulas, como Bono, que igual opina sobre la globalización, la crisis de la deuda en Europa o el hambre en África, no implica que sea insensible a lo que le rodea. Ricardo es un hombre que da porque es generoso, no como parte de una estrategia de imagen. Gracias a él, la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos, en donde él estudio publicidad en la segunda mitad de 1980, pudo contar con su primer laboratorio de computación.
Ricardo nunca ha olvidado de donde viene, ni las grandes dificultades que tiene que afrontar un muchacho de provincia con vocación artística. Por eso, porque no olvida sus orígenes dotó de instrumentos al coro infantil de Zacapa y a escuelas en Sololá, Petén, Izabal, San Marcos y Suchitepéquez. No olvidemos que las ganancias del último concierto de su gira “Quinto Piso” las donó para ayudar a los damnificados de Agatha.
Y el que no sea un músico académico, no le inhibe de apreciar el enorme talento de compositores eruditos como Joaquín Orellana, a quien admira de manera incondicional. Ricardo, al enterarse de que el maestro Orellana tenía problemas de audición, le compró un sofisticado aparato que le ha devuelto a Joaquín la posibilidad de gozar de nuevo de los sonidos ambientales de la realidad guatemalteca, que son la base de sus riquísimos frescos sonoros.
Todo esto no lo podría hacer Ricardo si no contara con los ingresos que le rinden sus discos, sus derechos de autor –hay muchas canciones suyas que han sido grabadas por otros cantantes–, sus conciertos y lo que ahora le paga Cabcorp por esa campaña que tanta roncha ha desatado en Guatemala.
Que diga Fito Páez lo que quiera, que digan sus críticos que sus canciones tienen rimas forzadas y facilonas. Tienen el derecho de hacerlo. Pero a diferencia de Páez, que ha tenido que cancelar conciertos porque no llena el cupo para pagar los gastos, Arjona llena el Madison Square Garden, el Mateo Flores, la Quinta Vergara en Viña del Mar y el Luna Park en Buenos Aires. Y, además, me consta que Ricardo quiere mucho a Guatemala porque ha ayudado a muchos connacionales a mejorar sus condiciones de vida. ¡Dejen de joderlo!
www.gustavoberganza.com
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