Los músicos guatemaltecos llevan dobles vidas: de día tienen trabajos normales, de noche interpretan música compuesta por ellos. Entre el público hay quien quiere escuchar melodías que otros hicieron famosas, como también tienen seguidores que prefieren sus letras.
La banda empieza a tocar. “Buen bajo”, masculla un hombre robusto de bigote y cabello largo. Los dedos del intérprete se mueven de arriba abajo sobre el brazo de una guitarra eléctrica, la magia que desde niño atrapó al hombre robusto que lo observa en el Gran Hotel, José Farnés.
Él no es músico, pero sí propietario del café-bar Bad Attitude. “Aquí tocaron los mejores cantautores”. Bohemia Suburbana y La Tona son algunos, presume. Quizá por eso la nueva generación de artistas –entre los 20 y 30 años– acude a él para difundir su música. Son ingenieros, maestros, diseñadores, hasta un doctor en biofísica, los integrantes de estas bandas con nombres como Xb’alanke, Artesano, Bacteria Sound System, Woodser, Los Mojarras y Pájaro Jaguar.
Interpretan hip hop, variedades de rock, reggae y cumbia, para acompañar letras que describen los conflictos sociales y la violencia de este tiempo, explica Rebeca Vargas, encargada del espacio cultural de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso). “Abro mis ojos y estudio lo que visualizo: veo niños tirados en el piso”, canta un joven de cabello castaño claro. Él y los cinco que lo acompañan visten atuendos 3 tallas más como visten los “jipjoperos”. Ellos son Bacteria Sound System y el público eufórico completa la estrofa “el gobierno nada hizo”.
En los ochenta era el conflicto armado interno y coreaban Alto al fuego, de Alux Nahual, grabado en casetes; en los noventa reproducían en discos compactos y MP3, “peces e iguanas”, de Bohemia Suburbana. Hoy la lírica da cuentas de la pobreza y la falta de institucionalidad desde un iPod o el YouTube. Claro, también hay de amor.
Farnés mece la cabeza como llevando el ritmo de la banda que escucha. El bajo le gustó, pero de repente su boca dibuja una mueca, la de no “me convences”.
No somos el pasado
“¡Queremos escuchar la planta!”, gritaban desde la última mesa de Bad Attitude. Las luces caían sobre el rostro de David Marín y Carlos Lucero que no podían ver al ingrato que pedía la canción de un grupo mexicano de los noventa. Esa vez se molestaron, pero continuaron tocando, recuerda Farnés. No siempre es así, que continúen tocando.
Marín es doctor en biofísica, algo distraído y viste con mucho color, el mismo que musicalizó poemas y joyas literarias guatemaltecas. Lucero también es distraído, alto además. Ellos son Pájaro Jaguar. El sonido que producen los metales, el canto de las aves y el soplo del viento son sus fuentes de inspiración, las convierten en lo que ellos llaman esculturas sonoras. Sus sonidos son simples y tribales, y sus videos en su canal de YouTube recurren a colores brillantes que pueden verse.
El dúo graba en un estudio casero. “Ahora solo basta una buena computadora para almacenar el sonido y un celular para grabar un video. El monto de esas producciones no supera los Q2 mil”, explica Marín. Y si fuera más que eso el dinero nunca detuvo a ningún amante de la música, asegura Farnés. Él lo sabe bien. Se marchó a Estados Unidos sin un centavo a los 21 años, y regresó 17 años después para montar el café-bar que le deja más amigos que utilidades. Traía consigo nuevas ideas, y las concretó: cerró calles para hacer conciertos, reunió más de 200 motos de colección mientras nuevas bandas “reventaban cuerdas” sobre el escenario y tatuadores profesionales plasmaban obras de arte sobre la piel de los asistentes.
El reconocimiento en este negocio no es fácil, menos ante un público que pide canciones de grupos mexicanos o gringos. “Lo mismo ocurre en Guatemala que en China”, compara Giacomo Buonafina, productor durante 12 años. No precisa cuántas bandas tocan en el país, pero estima que unas 30 cobraron auge los últimos años. Algunas auspiciadas por marcas de bebidas cuyas letras son más comerciales. Pero ¿qué sucede con los que proponen ideas que no caben en el mercado? ¿Cómo los escuchan?, para ellos están las redes sociales y bares como Bad Attitude.
Farnés sabe reconocer una buena banda. Por la mueca en su rostro la que escuchó ese viernes lo decepcionó. Más de lo mismo.
Soluciones creativas
Estos artistas no les temen a los distribuidores piratas, al contrario. En redes sociales como Facebook las bandas cuelgan links de sus páginas oficiales y de sitios para descargar la música de manera gratuita. ¿Y qué es un músico sin seguidores?, también funciona como vínculo entre fanáticos y músicos. “Muchá, ahí me guardan un disquín porfa \m/”. “Hermanos, ¿cómo puedo conseguir algo de ustedes? Me encanta su proyecto postmetal, buena onda”, son los comentarios que recibe Xb’alanke, otro de los grupos.
Existen países donde el apoyo a los artistas no es una elección personal sino una política del Estado. La radio nacional de España tiene un espacio de nuevas propuestas en Radio 3. En Brasil se celebran festivales como el “Fora do Eixo” que agrupa a más de 11 mil bandas locales. En Guatemala son las instituciones privadas o gestiones personales las que amparan a los grupos, dice el crítico Jorge Sierra.
¿Sacrificar letras y sonidos para llenar los requisitos radiales o tomar sus instrumentos y encontrar otras maneras para darse a conocer? Ellos optan por lo segundo y llevan dobles vidas: son trabajadores de día y músicos de noche.
La influencia de la cultura global marca qué música es “cool” y cual no, dice Vargas, la experta cultural de Flacso. “El mercado se deshace de los movimientos musicales nacionales para imponer una forma de vida que pertenece a países industrializados”. Pero no todo es malo con la globalización que les facilita procesos. Bacteria Sound System, por ejemplo, grabó su disco con la colaboración de artistas australianos, coreanos y alemanes. “La comunidad mundial de Hip-Hop es muy unida y entre países estos aportes son una práctica común”, explica Mr. Fer, integrante de la agrupación.
La necesidad es la madre del ingenio, ¿cómo sobrevivir sin que sus “rolas” suenen en la radio? Básico 3 encontró la respuesta: fiestas clandestinas. Pensó siempre en grande, mil personas la primera vez y solo llegaron 15. Pero no claudicó, a la siguiente llenó el Parque Enrique Gómez Carillo.
Básico 3 tiene por “deporte”, dice, analizar canciones de todo género. Y es uno de los impulsores del miércoles de cumbia. #Miércolesdecumbia fue uno de los “hashtags” (etiquetas) más populares en Twitter. El marcador hacía las veces de un boca a boca del lugar y hora de estas fiestas nocturnas con artistas internacionales e internacionales. Introdujo también las fiestas de hip-hop y música electrónica hace algunos años. “Si no existen puertas me las invento”, asegura.
Gran final
La atmósfera del Gran Hotel de la zona 1 dista mucho del elegante y exclusivo recinto que fue. Ahora es un centro cultural popular que visitan jóvenes que buscan relajarse con música de Dj en vivo.
Las lámparas verdes de papel de arroz emiten una tenue luz que crea un ambiente místico. Los sillones beiges, el piso de madera y los espejos son el único recuerdo de la época dorada del templo del sonido. El reloj antiguo marca las 20:00 horas y da la señal a los músicos para que empiecen la prueba de sonido.
La bartender del lugar observa al grupo y los espacios vacíos de la barra. Pero ese día a excepción de un hombre mayor y dos personas más, el sitio estará vacío. Aparece Farnés en escena: botas negras, playera negra y una chaqueta sobre la cual cae su oscuro cabello. Estaba cerca del salón, ya se iba, pero no pudo resistir la tentación de catar la sazón de los sonidos que prometía el espectáculo.
La banda empieza a tocar y Farnés aguza el oído, “buen bajo” masculla. De repente su boca dibuja una mueca. “Es un cover”, diece con cierto desprecio, “los artistas deben tocar su propia música”. Se levanta y desaparece por las gradas que conducen a la salida.
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