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Guatemala, domingo 18 de marzo de 2012

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“Querido, mío, Schopenhauer: ya no importa nada el candente sello con que nos marcaste el anca, porque, hoy día, las mujeres tenemos los cabellos largos o cortos y las ideas, quizás, más largas que las tuyas…” escribió Luz Méndez De La Vega en Cabellos largos (carta a Shopenhauer), un poema en el que le dispara a quemarropa al filósofo alemán, uno de los grandes pensadores del siglo XIX pero también un gran misógino. Estas palabras describen a Luz como una mujer de convencimientos inflexibles. Y así era a la hora de defender los derechos de las mujeres. Yo la recuerdo como una persona segura de sí misma, irreductible. Pero también cálida, reflexiva y profundamente humana. La primera vez que la vi, en un corredor de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos, me pareció una mujer bella y atractiva. Poseía ese encanto difícil de desentrañar que tienen las personas inteligentes y que, además, carecen de la debilidad de hacerse notar aunque sea inevitable ignorar su presencia. En clase (yo era su alumno) demostraba un absoluto dominio de la materia a tratar y, apoyada en un conocimiento profundo de obras y autores, hablaba con precisión y pertinencia. Tenía, además, una cultura general que le servía de apoyo. Estas cualidades, difíciles de encontrar hoy día en los catedráticos universitarios, la distinguían como una profesora capaz de despertar el verdadero interés en sus estudiantes.

 

Luz habita ahora en la nada (una contradicción que resulta intrigante). O quizá en el cielo de los creyentes. Aunque es posible que esté en el infierno de los poetas, en donde algunos de nosotros vamos a estar condenados al silencio. Prefiero pensar, sin embargo, que se ha quedado entre nosotros, con sus palabras, sus trabajos periodísticos y sus ensayos. Pero sobre todo, con sus poemas, tan llenos de energía y tan alejados del sentimentalismo y el falso pudor de las buenas conciencias. “Y… quedaste únicamente tú, implacable Amor, cuando Dios se desmoronó en mis manos carcomido de silencio (…) —dice airada, herida y apasionada, en Eros—. Tú y tu dulzor terrible. Solos y únicos a la hora pavorosa de la cuenta estricta, cuando todo se nos vuelve mínimo y sin peso, infinitamente oscuro. Tú, Dios total, poderoso y absoluto, en el sitio preciso de la Nada…” Contundente, reflexiva y controversial, afirma en Darwiniana I: “Principio y fin de otro soy. Nada entre nadas (…) —la nada es quizá una constante en sus poemas— Tu y yo… lo mismo todos, arcángeles intermedios con la tremenda nostalgia de nuestra pelambre de simios…” No he utilizado la barra simple para separar los versos ni la doble para señalar el cambio de estrofa intencionalmente. Este recurso, gramaticalmente correcto, entorpece la fluidez. Luz comprenderá que en este mínimo homenaje no pretendo inmiscuirme en su manera de escribir.

 

Solo mucho después de releer sus poemas, descubro, no sin cierta aprensión divertida, la influencia de su escritura en mi manera de construir poesía, sobre todo en cuanto al ritmo y la reiteración que crea una cadencia de cascada. Uno de esos poemas es La duda. Dice Luz: “Este herir y ser herida, este crecer en zarza desmesurada, este afilar las uñas en la sombra, este clavar los dientes en los otros, este encender venenos en las voces, este enlodar los días claros y corromper las sombras…” No sé por qué este poema y también Eros me recordaron un soneto de Luis de Góngora, aquel De la brevedad engañosa de la vida. Luz era una gran conocedora del Siglo de Oro y, seguramente, heredó la música y el encanto de los clásicos. Feminista, rebelde, con una posición política inclinada a la izquierda, Luz Méndez de la Vega fue una mujer que marcó una manera de ser, no siempre aceptada. En el prólogo de Eva sin Dios, escribe: “Pronto fui expulsada del coro de las voces claras, cuando ya había perdido el derecho al canto del solo. Colgué al hombro mi voz —agria y ronca—como un arma y me fui por los caminos transitados por el grito…”

Guatemala, 16 de marzo de 2012

 

>arturo.monterroso@gmail.com

 

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