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    Guatemala, domingo 18 de marzo de 2012

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    EL ACORDEÓN

    Retratos hablados de Luz Méndez de la Vega

    La actriz

     

    Laura se acercaba lentamente a Tom. Una mirada cómplice se asomaba entre la cabellera negra alborotada, los labios brillantes y las manos sudorosas pero firmes. Frente a él, ella se desabrochaba provocadoramente la blusa, cerca, un botón menos, más cerca, un gesto, la mitad de una sonrisa y otro botón. Con un susurro en el oído le decía al hombre petrificado: “Mañana cuando cuentes esto, no vayas a ser ingrato conmigo”, el último botón y oscuridad total. Laura era Luz, y Tom, Luis Domingo Valladares, los protagonistas de Té y Simpatía, la pieza que encabezaba la cartelera del Teatro París en la 6a. avenida. Como actriz, Luz consiguió el respeto del público, fue fundadora de la Moira y actuó también con el Gadem, hasta que decidió retirarse. Dicen que una vez les comentó a sus alumnos que había una sola obra que la haría subir de nuevo a las tablas. Ellos respondieron: “¿Acaso alguna vez se bajó?”.

     

    La profesora

     

    Era una maestra estricta pero amena, sus palabras seducían, como su presencia misma. Aída Toledo devoraba sus clases de Literatura del Siglo de Oro. Carmen Matute se enamoraba de sus disertaciones sobre Literatura Grecolatina. Más que profesora, ella era maestra –dice Lucrecia Méndez–, maestra de vida. Con un doctorado en España y un número incalculable de libros leídos, Luz se dedicó a la docencia por muchos años. “Inteligente” era el adjetivo que con más frecuencia le dedicaban sus alumnos, el segundo en la lista era “guapa”. Cuando cruzaba el campus de la Universidad de San Carlos las miradas se desataban sin remedio. Cuentan que los estudiantes la apodaban Gatúbela, y que en el vidrio de su carro a menudo aparecían papelitos con versos y declaraciones amorosas.

     

    La intelectual

     

    Entre documentos añejados y libros, cuyo papel parecía romperse con la sola respiración, Luz encontró un manuscrito, después de estudiarlo a fondo llegó a la conclusión de que se trataba de un poema de Sor Juana de Maldonado y Paz, la primera poeta de Guatemala. Así nació uno de sus estudios más celebrados: La amada y perseguida Sor Juana. Luz gasta sus días sumergida en las bibliotecas, nacionales y extranjeras, siempre alerta. Después nació El amor en la poesía inédita colonial, un libro surgido de múltiples visitas al Museo del Libro Antiguo, en donde encontró textos con cientos de años encima para devolverlos a la vida en nuevos estudios y ensayos. Carmen Matute recuerda que Luz siempre fue muy severa con su propia obra, acuciosa y perfeccionista. Su poesía es el reflejo de ese cuidado, sus estudios y ensayos también. Matute tiene un adjetivo ideal para definir su obra: “intensa”.

     

    La activista

     

    En medio de la catástrofe y la destrucción, Luz y Manolo Gallardo se afanaban por salvar las piezas de arte que el terremoto de 1976 dejó en pie. Armados con mascarillas, palas y una carta de la universidad que los acreditaba como voluntarios, entraron a la iglesia de Tecpán. El polvo ensuciaba la poca luz que caía por una de las aberturas del techo. Tras la bruma adivinaron la silueta de un grupo de hombres que empuñaban pistolas y machetes. “Lárguense de aquí saqueadores”, gritaron amenazantes. La carta no sirvió de nada. La tensión era mucha y la tierra no paraba de moverse. Luz, sin titubear, se plantó frente a los fusiles y con la palabra firme les explicó la misión que llevaba. Esa fue una de las muchas iglesias que visitaron.

     

    La diva

     

    Con la mirada fija y altiva desciende las escaleras, la cabeza erguida, un pie delante del otro en una danza con el movimiento de su pelo oscuro. El vestido negro entallado deja ver sus hombros de algodón, en una mano una larga boquilla que sostiene un cigarrillo y en la otra un libro de teatro griego. Así la recuerda Lucrecia Méndez, que en ese entonces era una niña. Cuando visitaba a las hijas de Luz, no podía pasar sin detenerse a contemplarla, curiosa y deslumbrada. Se le antojaba como una pantera que deja inmóvil al que este cerca, como una femme fatale que se desintegra después de las primeras palabras para transformarse en un ser cordial, amistoso, bondadoso. Los domingos eran inagotables en la casa de Amatitlán, donde Luz, ataviada con un biquini blanco, conducía una lancha o esquiaba en el agua, mientras las miradas de los vecinos se esparcían entre los árboles.

    Marta Sandoval

    18 marzo 2012

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