Lo más apremiante no es que los líderes indígenas reunidos en Totonicapán le hayan dicho a la alta comisionada de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Navi Pillay, que se sienten tratados como si fueran invisibles en este país. Su país. Lo más penoso es que para la mayoría de sus compatriotas resulta extraño, ajeno y difícil de creer que se necesite de un procedimiento para convocar a los ancianos de tantos grupos distintos en un territorio tan pequeño como el nuestro. Para empezar, ¿qué es eso de los ancianos? ¿Acaso no son los alcaldes electos quienes representan la autoridad en aquellos pueblos?
Puesto que el mundo no indígena vive de espaldas al mundo indígena (ya quisieran ellos podernos ignorar del mismo modo), desconocemos parte de su forma de vida y de organización, que no es estática ni uniforme. Nos cuesta comprender su enfoque en muchos aspectos y tendemos a creer que, en términos políticos y administrativos, todo se resuelve mediante el orden legal que emana del Estado. Un estado occidental impuesto a poblaciones indígenas que no se identifican -tampoco necesariamente adversan- los métodos en los cuales se basan las regulaciones y las normas.
Llevamos siglos en ese inútil esfuerzo de la imposición. El dominio se ejerce, en el momento de la crisis, con el respaldo de las armas. El derecho juega un papel subordinado, sobre todo, porque la retórica constitucional conduce a no admitir que se soslayen derechos fundamentales de las personas y los pueblos indígenas, pero ¿quién lo observa?
Guatemala es en parte una nación occidental pero también es una nación indígena, mesoamericana, y requiere de la construcción de un modelo propio que responda a esa realidad diversa suya.
Se puede argumentar que de otra manera se hace muy difícil administrar cualquier asunto de nación. Por ejemplo, habrá conflictividad en materia del aprovechamiento de los recursos naturales (ríos, yacimientos de minerales y petróleo) mientras no existan los mecanismos razonables para hacer consultas y lograr acuerdos satisfactorios para todos. Otras naciones lo logran, sin perder un ápice de competitividad y sin sacrificar valores que sus grupos poblacionales consideran irrenunciables.
Pero en Guatemala prevalece la desconfianza y el temor. Además, se estimula ese temor. No es difícil entender que para quienes procuran la rentabilidad en el corto plazo, o para quienes se sienten urgidos de incentivar la creación de plazas de trabajo (motivos particulares o motivos de bien común), esto de sentarse a repensar el Estado resulta un fastidio. Y por eso es más sencillo creer que esas dulcemente mansas conciencias de los indígenas están siendo manipuladas con dinero del "norte", para oponerse a los proyectos que se traen entre manos.
Esa es otra forma de hacer invisibles a las personas. O de proyectarlos como seres inferiores, minusválidos o ingenuos, incapaces de una voluntad propia, adulta, respetable. Aunque se adverse su punto con vehemencia.
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