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    Guatemala, domingo 22 de abril de 2012

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    EL ACORDEÓN

    Luis: catálogo, relato, autobiografía

    Dice Luis Díaz que  su libro “en primera persona” es una novela-testamento, la segunda publicación de este tipo, que le sigue al Gukumatz en persona su primer testamento de hace unos pocos años.

     

    En realidad, el libro que acaba de presentarse, con la obra El Motagua en la portada, lo traiciona de manera inocente: allí se anota Memorias y se continúa con un título largo que se refiere al grabado, pintura, escultura, arquitectura y diseño industrial, materias todas en las que ha incursionado Güicho a lo largo de medio siglo.

     

    Me lo trajo a casa un par de semanas antes de su presentación y la visita se cargó de nombres, memorias, amigos, casas, reuniones. Ni siquiera pude abrir el libro. Pero en cuanto Luis se fue, comencé  verlo, a leerlo, a reír a carcajadas. A ratos lloraba.  Suceden tantas cosas en  medio siglo.

     

    Creo firmemente que el libro  es un catálogo serio, salpicado con fotografías y relatos entremezclados del arte que presenta y las anécdotas de tantas personas que hemos pasado por la vida de Luis.  El libro se cierra con varios textos sobre el autor y su obra: una carta y un artículo  de Luz Méndez de la Vega, un correo electrónico de Alenka Bermúdez, dos artículos críticos de Irma de Luján, un ensayo de  Monteforte Toledo, un artículo de Elisa Fernández Rivas, un ensayo de Juan B. Juárez, dos críticas de Marta Traba y un texto de Luis sobre Danny Schaffer.
    Muestras apenas de lo que se ha dicho sobe la obra de Díaz.

     

    Para reunir todo lo escrito sobre Luis en cincuenta años habría que editar una obra especial donde resaltarían sin duda los artículos de periódico de Edith Recourat.

     

    En medio de lo más importante del libro, las reproducciones de la obra, Luis quiso dejar la huella fotográfica de algunos amigos, algunas reuniones, algunas inauguraciones. Eso no es usual en un catálogo, pero ya sabemos, Luis es especialista en reunir lo impensable y darle una vida diferente a ese registro de arte.

     

    Luego de haber visto nuevamente en el catálogo parte de aquella obra que aprecié “en persona” a lo largo de los años, me metí a leer los textos. Entonces me saltó al rostro el artista, el amigo, el compañero de discusiones. Salieron a relucir sus  ideas y apreciaciones sobre la obra de los colegas, la propia, el tiempo que nos tocó vivir.

     

    Fue en esa sección escrita donde la memoria me dio saltos y las emociones salieron a relucir como si los sucesos no fueran de los años sesenta en adelante. Relatos, sí, algunos de ellos,  la mayoría, me atrevería a decir, comprensibles totalmente solo por los actores, figurantes, rapsodas y artistas.

     

    En medio, por supuesto, Luis va relatando parte de su vida, la de su familia, en donde incluye a tantos amigos de tantas décadas. Pintores, escultores, maestros, escritores, etc.

     

    Y sale a relucir la inevitable función que cumplió la galería DS, donde fue estableciéndose el gusto estético de muchas personas. De donde salieron la mayoría de las piezas que vinieron a componer  las más importantes colecciones de arte que comenzaron a formarse en este país durante esa década extraordinaria de los sesenta.

     

    El libro es indispensable para los contemporáneos de Luis, pero más aún para los jóvenes artistas que abundan en este país.  Fue presentado en la Embajada de México  hace tres semanas, junto con un libro de Marco Antonio Flores —del cual se hablará  a su debido tiempo, y que ha tenido muy buen recibimiento entre los lectores.

     

    >arturo.monterroso@gmail.com

    Arturo Monterroso

    21 abril 2012

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