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Guatemala, domingo 24 de junio de 2012

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Indignación

Arturo Monterroso

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Philip Roth ha escrito una obra consistente. A partir de una visión que cuestiona la sociedad en la que vive, ha creado un universo lleno de malestar. Sus novelas son una incursión íntima, una búsqueda de sentido y un inútil esfuerzo por comprender los cambios de una época; ese tiempo de optimismo y perturbación que siguió a la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos. Sus personajes se enfrentan a un mundo que cambia rápidamente, presionado por los lastres de la depresión de los años treinta, la airada persecución de McCarthy, la intervención estadounidense en Corea y el aire enrarecido de la Guerra Fría. Considerado uno de los más importantes escritores contemporáneos de su país, e indiscutiblemente uno de los más prolíficos en el campo de la ficción, Roth nos ha legado novelas determinantes para comprender a la sociedad estadounidense, vista desde el conflicto personal. El mal de Portnoy, la Pastoral americana y El animal moribundo son algunas de esas historias en las que el autor trabaja sobre sus más notorias obsesiones: la adaptación de los judíos en Estados Unidos, el sexo como caja de resonancia de los problemas humanos, las relaciones familiares en conflicto y la mortalidad.

 

En Indignación (Mondadori, 2009) Roth nos cuenta la historia de Marcus Messner, un muchacho de Nueva Jersey que trata de abrirse paso en la vida para convertirse en adulto. Hasta el final de la secundaria ha trabajado con su padre, un carnicero del barrio judío, con quien tiene una buena relación. Como paisaje de fondo tenemos la guerra de Corea, las tensiones de una economía doméstica marginal y el temor de Marcus de terminar su vida prematuramente, muerto en combate. El muchacho se inscribe en la universidad —un privilegio que no había tenido el resto de su familia y un modo de evitar ir a la guerra— y se esfuerza por apartar toda distracción para concentrarse en los estudios. Es precisamente en ese tiempo que su padre —atemorizado por la competencia de los supermercados y por los peligros que tendrá que sortear su hijo para alcanzar la adultez— cambia radicalmente y se rompe la magnifica relación que habían tenido hasta ese momento. Ante la incomprensible desconfianza de su padre, Marcus abandona la pequeña universidad de Newark, donde había empezado su carrera, y se inscribe en la Universidad de Winesburg, en Ohio (quería alejarse de la casa paterna tanto como fuera posible), una institución conservadora, atada a la liturgia religiosa cristiana como código de conducta.

 

A pesar del empeño que este joven judío no practicante pone en el cumplimiento de sus tareas, choca con una realidad que lo indigna. Por una parte, algunos de sus compañeros no comprenden su decisión de dedicarse a estudiar, como única actividad en el campus, y por la otra, las autoridades universitarias —más interesadas en las cuestiones de forma y en escarbar en la vida íntima de los estudiantes que en el rendimiento académico y el desarrollo de un pensamiento independiente— lo conminan a cumplir con las actividades religiosas, a las que el muchacho se opone por considerarse “un ferviente ateo”. En el medio está la necesidad del amor y el deseo sexual que urge una satisfacción inmediata. Marcus se rebela. Y descubre que al final, todo se mezcla de una manera retorcida, a la luz opaca de un conservadurismo obcecado y ciego. En una airada discusión con el decano de los estudiantes varones, hecha mano de un ensayo de Bertrand Russell para sustentar sus convicciones. El ensayo se titula Por qué no soy cristiano y “desmonta con una lógica inapelable (…) los argumentos morales que explican la existencia de una deidad…”. Recuerdo que en 1969 descubrí ese ensayo en una edición de Simon and Schuster que todavía conservo. Lo leí con ansiedad y asombro. Yo tenía aproximadamente la edad de Marcus y había sido educado como católico incuestionable. Pero el protagonista de Indignación tiene un destino que no puede compararse con el mío. La novela de Roth se cierra como una puerta que oculta una habitación colmada de oscuridad.

 

Guatemala, 22 de junio de 2012

 

arturo.monterroso@gmail.com

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