La labor pastoral del padre Schaffer fue más allá de llevar el Evangelio, él procuró para su prójimo salud, educación y trabajo.
Monseñor Gregory Schaffer tuvo las características de un buen alcalde. Sin un partido político, se preocupó por el bienestar de los pobladores de San Lucas Tolimán. Les proveyó de alimentos, salud y educación.
Monseñor Schaffer nació el 29 de enero de 1934 en San Paul Minnesota. Fue ordenado sacerdote en la diócesis de Nuevo Ulm, Minnesota, Estados Unidos, en 1960.
Su apostolado en Guatemala inició en 1963, a los 29 años, al recibir una carta donde le encomendaban una misión en “un pueblo escondido de América Central”. Y llegó a ese pueblo un 16 de julio: era San Lucas Tolimán, Sololá.
Hablaba casi nada de español, pero no necesitó del idioma para darse cuenta de las carencias de este lugar permanentemente azotado por el enfrentamiento armado interno. Lo que más lo impactó fueron aquellos niños sin padres, huérfanos de la guerra; y así su primera obra, el orfanato “Casa Feliz”, albergó hasta cien niños al mismo tiempo, quienes becó. Los fondos para sus proyectos los gestionaba con la diócesis donde se ordenó sacerdote, hizo una alianza tan fuerte que le permitió cumplir uno a uno sus objetivos en su misión.
En 1965 el 99 por ciento de los pobladores no sabían leer ni escribir y tampoco había escuela cerca, explica Carlos Jacinto, miembro del Comité de Alfabetización. El padre tomó su segundo proyecto en sus manos, el Colegio Parroquial Mixto San Lucas. En 1968 comenzó con 60 alumnos, la población actual es de 600 niños que cursan la primaria.
El Comité de Alfabetización hace cuentas que para 2012, de sus 20 mil habitantes, solo quedan 544 personas sin saber leer y escribir.
El padre Schaffer emprendió su tercer proyecto al construir la granja “Juan Ana” en honor a Jhon Schaffer y Ann Regan, sus padres. La leche de unas pocas vacas le permitían repartir vasos de leche y pan. Los pobladores lo recuerdan todas las mañanas montado en un burrito repartiendo el alimento. La granja hoy en día cuenta con una crianza de gallinas y un sistema de procesamiento de café que exportan a Estados Unidos. La venta neta de los productos se invierte en las obras sociales que dejó el padre Schaffer.
Con su trabajo el religioso logró el patrocinio para todos sus proyectos: fundó un sanatorio parroquial, donde se realizan jornadas médicas. Cuenta con equipo de ultrasonido y rayos x.
Gracias a su gestión, en San Lucas Tolimán cuentan con una escuela de formación para hombres y mujeres donde aprenden los oficios de cocina y carpintería.
Recibió dos doctorados Honoris Causa otorgados por las Universidades de San Francisco, California, y la de Loyola en Chicago, Illinois. Premio al servicio distinguido diocesano de la Iglesia Nuevo Ulm. El mismo Juan Pablo II lo ascendió a Monseñor en 1984. Siendo presidente Óscar Berger recibió la Orden del Quetzal.
Abraham Hernández, miembro del equipo de la iglesia, recuerda que en febrero efectuó su última misa, en la que pidió a los pobladores orar por su salud. Viajó a Estados Unidos a realizarse el tratamiento adecuado para el cáncer de piel que padeció, mas no resistió las quimioterapias. Monseñor Gregorio, como solían pronunciar su nombre en español, falleció el 24 de mayo.
“No quiero que me entierren en la iglesia, quiero estar en el mismo cementerio donde están mis hermanos”, sus hermanos en Dios. Esas fueron sus últimas palabras. El día que sus restos llegaron a San Lucas Tolimán lo recibieron con alfombras y en un anda donde colocaron el cuerpo que descansaba en un ataúd elaborado en la misma carpintería que también fundó.
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