¿Cuál era la verdadera nacionalidad de Vallejo? Definitivamente un ciudadano del dolor y también de la angustia reelaborada hasta la lucidez. Lloró buena parte de su vida escondiendo (o mezclando) lágrimas con tinta derramada por su corazón desenvainado, mientras el hígado, en actitudes reflexivas, le garabateaba la pluma y el alma.
En los últimos decenios, el interés por los ayunadores ha decrecido muchísimo.
( Franz Kafka-Un artista del hambre)
Cuando la mierda valga, los pobres nacerán sin culo
( de una película de J.L. Godard)
Como a León Bloy o como a Alejandro Sawa, a Vallejo no lo crucificaron ni lo fusilaron, sino le aplicaron el método más barato y tremendamente eficaz del ayuno sin pausa. El modelo había sido ya probado con Verlaine y “sus palacios de invierno”, como llamaba el creador de los poemas saturnianos a los hospitales públicos, donde con frecuencia caía y donde finalmente murió. No bastaba con ser pobre para ser grande, sino había que saber morirse en la miseria.
En cuanto a Bloy hemos de repetir que fue un místico de la pobreza, la cual fustigó sutilmente en su Diario, recalcando como un católico puro, despojado de toda pretensión de poder y de dinero (una especie de Francisco de Asís redivivo y laico) las contradicciones del sistema burgués, al que odiaba. La paradoja de Bloy es no quejarse sino al contrario resaltar su sacrificio: casi complaciente de su propia miseria, en el límite del masoquismo literario y existencial:
“Si no sintiera tanto mi miseria, ¿cómo podría sentir mi alegría, que es la hija mayor de mi miseria, y que se le parece tanto que da miedo mirarla?”
Barthes ha dicho con nítida certeza que en el fondo, de todas maneras, el “verdadero interlocutor de Bloy es el dinero”. El dinero que todo lo compra y es el padre (o la madre) de todas las tentaciones, en especial para Bloy: la prostitución y el escritor “vendible”. Así se encuentra estructurado el tema en sus novelas El desesperado y La Mujer pobre. Puede aplicarse sin duda en Bloy la sentencia de que “la poesía no se vende porque no se vende”.
Sawa, en cambio, era la desesperación personificada en sí mismo. En sus Iluminaciones en la Sombra execraba furioso al mundo: “Yo no hubiera querido nacer; pero me es insoportable morir”. Y murió ciego, mentalmente errabundo en medio de una miseria descomunal. Su esposa Jeanne Pohier le pidió a Rubén Darío que prologara póstumamente las Iluminaciones de su extinto marido, lo cual hizo el fiel hijo de Metapa y miembro de todos los parnasos habidos y por haber. Se hizo una edición que palió en algo las vicisitudes económicas de la viuda, pero sobre todo se dio a conocer una obra que sigue sorprendiendo por su capacidad de penetración poética de la esencia humana. Sawa, dentro de sus obsesiones de lirismo exacerbado y atendiendo la visión del mundo de un creador marginal y bohemio, afirmaba con desmedido orgullo su desprecio al mundo moderno y su creencia en otro, invisible, intemporal, de un esoterismo poético insondable. Escribía: “Yo no soy de aquí, y mi cronología no se mide en la esfera de los relojes.”
En todo caso Bloy, Sawa o Vallejo hubieran siempre rechazado hacer el papel del poeta en el relato de Darío El Rey Burgués, aunque muy probablemente hubieran coincidido en afirmar: “he vestido de modo salvaje y espléndido: mi harapo es de púrpura”. Con claridad meridiana lo había expresado también Enrique Gómez Carrillo en un artículo que intitula Día por día, publicado en Notas Parisienses:
“…en París, como en Madrid, como en Londres, como en la China, el artista que no es al mismo tiempo comerciante, no logra fácilmente sacar el pan del tintero”
Con el pan al hombro
Vallejo llegó en 1924 al París donde vivía aquel legendario Gómez Carrillo, conocido usualmente solo como Carrillo, el muchacho que había llegado a París en 1893, llamado entonces cariñosamente “Carrasco” por Verlaine y que se había codeado con los grandes de ese tiempo. Gómez Carrillo había partido de la bohemia y la pobreza pero a fuerza de disciplinado trabajo, mas sin renunciar nunca al ajenjo, había llegado a ser un nombre dorado o mejor dicho un escritor que vivía de la pluma, a veces en combinación con cargos diplomáticos. Quizás por eso Vallejo insistió en visitarlo en su apartamento de la Rue de la Castellana, donde lo entrevistó. Vallejo publicó el artículo sobre su encuentro con el guatemalteco en el diario El Norte de la ciudad peruana de Trujillo en marzo de 1924, terminándolo con un lapidario “Gómez Carrillo está viejo para siempre”. Y Gómez Carrillo murió pocos años después cuando surgía la Generación del 27, jóvenes poetas españoles que magistralmente coincidieron en torno a la celebración del tricentenario del poeta Góngora y Argote. La lista de ellos es sin duda rutilante: Lorca, Alonso, Rosales, Hernández, Guillén, Salinas Alberti, Aleixandre, Altolaguirre y Prados, acompañados de varias maneras por los jóvenes hispanoamericanos Neruda, Huidobro y Borges. Carrillo no alcanzó a compenetrarse de lo que traía este movimiento ni tampoco pudo captar plenamente lo que significaron las vanguardias. A los 54 años era un hombre prematuramente envejecido y melancólico como lo había visto y retratado Vallejo, sentado en el frágil trono de una presencia literaria que pronto dejaría de ocupar.
Vallejo por su parte ya no vio en la “Ciudad Luz” a las antiguas “glorias” de la belle époque (Wilde, Verlaine, Méndez y tantos otros) ni la bohemia a lo Murger, ni consiguió trabajos que le permitieran escribir y vivir sin peligrosas estrecheces económicas, como Gómez Carrillo lo había logrado en la editorial de los hermanos Garnier y con la publicación de crónicas que le compraba copiosamente El Liberal de Madrid y La Nación de Buenos Aires. César Vallejo apenas logró un cargo de mal pagado oficinista en una empresa publicitaria llamada Les Grands Journeaux Ibéro-Américaines (1924-26). El peruano llegó y se quedó en la marginalidad, pero desde ahí creó una obra universal perenne. Si Vallejo no escribía se moría y prefirió por eso escribir aunque se muriera de hambre. En uno de sus poemas más irónicos y a la vez de gran dramatismo ontológico, César Vallejo en Octubre de 1936 expresa:
“De este banco me voy, de mis calzones,/ De mi gran situación, de mis acciones, /De mi número hendido, parte a parte,/ De todo esto yo soy el único que parte.”
La ambigüedad en estos versos resulta una delicia literaria, aunque en la vida de Vallejo esa falta de dinero significaba diariamente lo expresado en otro poema:
“éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,”
O en:
“Un hombre pasa con un pan al hombro/ ¿Voy a escribir, después, después, sobre mi doble?”
Y más crudamente aún, lo expresado en estos versos:
“Necesitas comer, pero, me digo/ No tengas pena, que no es de pobres la pena, el sollozar junto a su tumba;”
En La rueda del hambriento, se despoja ya de toda hermetismo:
“Un pedazo de pan, tampoco habrá ahora para mi?”
En París con aguacero
Un ser llamado César Abraham Vallejo Mendoza sobrevivía dignamente las lipidias de París, hasta que un día en medio de una gran aguacero se murió. De ahí la frecuencia en sus poemas del hambre y de la gente “que no almuerza”. Deviene aquí la paradoja: el 28 de junio de 1988 el Banco Central de Reserva del Perú saca a circulación un billete de 10 mil intis con un retrato de César Vallejo; una ilustración que se basa en la famosa fotografía del poeta con la mano derecha sosteniéndose la quijada y con la izquierda apoyándose en un bastón. En el billete no aparece la mano izquierda y por supuesto tampoco el bastón. Siempre el Perú oficial escondiendo la izquierda de Vallejo. En el reverso del billete, una imagen idealizada de Santiago de Chuco, lugar natal del poeta.
El Inti, cabe decir, fue la moneda del Perú hasta 1991 cuando fue reemplazado por el Nuevo Sol. Al salir el billete “vallejeano” de circulación, este ha venido vendiéndose en subastas, teniendo un precio muy superior a lo que fue su valor nominal y se considera escaso y difícil de encontrar. Un año más tarde del fin de los intis y para conmemorar el centenario del nacimiento de Vallejo, se acuña en 1992 en el Perú, país histórico de la plata, una Moneda Conmemorativa en plata 900, que es adquirida de inmediato por coleccionistas y ricachones. Parecieran bromas del Banco Central de Reserva del Perú.
¿Cuál era la verdadera nacionalidad de Vallejo? Definitivamente un ciudadano del dolor y también de la angustia reelaborada hasta la lucidez, como lo ha caracterizado Jean Franco. Recordemos ahora que un año después de su muerte comenzó la Segunda Guerra Mundial. Si hubiera alcanzado a verla y a vivirla, si hubiera visto al General Pétain convertido en un títere de los nazis, Vallejo habría acaso escrito algo como “Cuídate Francia de tu propia Francia…” O talvez: “Francia aparta de mi este cáliz…” Sobre todo pensando en la entrada triunfante de los ejércitos alemanes a París y la llegada de Hitler para pasar por debajo del Arco del Triunfo. ¡Cosas veredes!
Vallejo nunca pudo ver tampoco las películas de Godard. Se hubiera puesto seguramente a llorar. De hecho lloró buena parte de su vida escondiendo (o mezclando) lágrimas con tinta derramada por su corazón desenvainado, mientras el hígado, en actitudes reflexivas, le garabateaba la pluma y el alma en la llanura infinita de la página en blanco. Vallejo siempre pergeñando entre insomnios, llagas y hojarascas, como el ciego visionario ante el alba:
“Quiero planchar directamente/ un pañuelo al que no puede llorar”
…
“Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;/ me pesa haber tomado de tu pan”
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