A veces olvidamos que la diplomacia, es tan solo un instrumento.
Criticándosele, recibió aquel diplomático de carrera –más de veinte años en el servicio, ganados a pulso cada destino y cada ascenso– el mejor de los elogios. “Su presencia incomoda a los vecinos”, “Especialista en hacer difíciles las cosas” ¿Y qué se quería? me pregunto y me sigo preguntando ¿Que en temas de soberanía y de dominio se pusiera de culumbrón, costumbre inveterada entre nosotros? ¿Se pretendía un funcionario que se echase con delicadeza los traguitos y se hiciera el “cuatazo” de los otros? ¿Acaso un funcionario que, al cabo del tiempo, recibiese la más alta condecoración de la contraparte?
Ningún elogio mejor que el que se hiciera al diplomático de carrera, “funcionario que viene del gobierno pasado”, a lo que faltó agregar que también del antepasado; del ante antepasado y del ante-ante-antepasado, algo que resulta más que razonable en un funcionario de carrera. ¿Y no que se propugna por una administración pública que sea de excelencia y no sujeta a los caprichos? Y, si es así ¿En qué quedamos?
El veneno del dardo que fuera lanzado en la edición del pasado domingo habrá sido de la más absoluta complacencia para aquellos que, en beneficio de lo propio, no les importa la inundación de nuestras tierras ¡Ah, el proyecto, siempre recurrente, del río Usumacinta! o la inadecuada explotación de nuestros mantos de gas ¡los tenemos! y de petróleo ¿No sabían que una “pinche” declaración conjunta puede, incluso, constituir tratado? ¡Ah el tema de las fronteras “movedizas”!
Hemos estado acostumbrados a la diplomacia complaciente y claro que tiene que resultar algo así como “disonante” aquel que se preocupa, no por caer o quedar bien, sino por la “mal cayente” ¡Brujo! defensa de lo nuestro.
Acostumbrados a nuestra diplomacia complaciente tiene que resultar un “avis rara” aquel que se preocupa por defender, lo que debe defenderse.
¿Qué de malo tiene aplicar la reciprocidad en lugar de irse de boca?
Podrá caer muy mal pero ¿Quién ha dicho que el objetivo de la diplomacia sea el de caerle bien a la contraparte? La diplomacia no constituye fin alguno en sí misma sino tan solo un instrumento de la política exterior de los Estados.
“Salucita, pues”… ¿Y qué pasa, si el diplomático no bebe? ¿Qué pasa, si no brinda? ¿Cuál es el problema de que se concrete –sin más– a la defensa de lo nuestro?
¿Que no será condecorado? ¿Y acaso es arbolito de Navidad, lo que buscamos?
La temática de soberanía y de dominio ha sido una temática olvidada y es bueno que sepamos priorizarla “¿Salucita, compadre?” ¿Tanto molesta una diplomacia que busque respeto y resultados, y no simple complacencia?
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