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    Guatemala, domingo 15 de julio de 2012

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    DOMINGO

    Entre dos tierras, III Parte: Leslie, entre la música y el silencio

    Ser católico en una familia por tradición evangélica, o viceversa, puede significar el rechazo de los suyos. Es tan mal visto como dejar de creer en el mismo Dios que adoran ambas partes.

    Era otro mundo. Fue como salir de la euforia para encontrarse al lado de un lago silencioso y calmado. Pero un lago extraño, uno con figuras que para ella eran ajenas. “¿Por qué hay tantas imágenes? ¿Por qué me tengo que arrodillar ante ellas? ¿Quiénes son esos que ellos llaman santos?” Leslie Aba tenía muchas preguntas, estaba entrando en una zona completamente desconocida. Iba a tientas, tratando de aprender poco a poco, pero algo en el fondo le decía que iba por el camino correcto, que aunque ahora sus pasos fueran débiles pronto irían tomando fuerza.

     

    Leslie era evangélica al igual que toda su familia, pero ella no se sentía a gusto, no lograba sentirse parte. A pesar de que hacía años que iba al grupo de jóvenes, no encontraba amigos, se sentía excluida. Un amigo le sugirió que fuera a una comunidad de jóvenes católicos, “no vayas a la iglesia de una vez, empezá con el grupo juvenil y veremos qué pasa”, le propuso. Ella lo hizo y tres meses después ya estaba convencida de cambiar de religión.

     

    “Fue bastante confuso al principio, pensaba qué hago aquí”, cuenta, “pero ellos me apoyaron mucho y me explicaban las cosas que yo no comprendía”.

     

    En el silencio de la Catedral le era más fácil hallar a Dios, más fácil que en medio de la música y los aplausos de su antigua iglesia. Su madre, en casa, se preguntaba por qué lo hacía, sus tíos estaban desconcertados, pero la decisión ya estaba tomada: Leslie sería católica.

     

    De su antigua iglesia lo que le incomodaba muchas veces tenía que ver con dinero, le pedían a menudo que consiguiera personas que se apuntaran a retiros pagados y para ella eso era difícil: “Sentía como que me hacían manipular a las personas. Yo preguntaba que si la gente no tenía dinero para el retiro la iglesia lo podía poner, y me decían que no, que ellos lo tenían que conseguir. No podía hacer eso, no podía convencer ni obligar a nadie, a veces sentía como que eran ventas, tenía que llevar a tantas y tantas personas”.

     

    Le molestaba también el énfasis en el diezmo y que el pastor a veces hiciera alusión a hermanos que habían diezmado en dólares. “Eran cantidades exorbitantes”, recuerda, “el diezmo era muy importante, hasta nos daban una charla para que uno se sintiera motivado a darlo. Había gente de escasos recursos que se sentía mal de no poder dar el diezmo”.

     

    Su madre, al principio molesta, terminó por aceptarlo, “vio que mi manera de ser y mi comportamiento eran los mismos. Lo aceptó cuando se dio cuenta que no fue que me lavaran el cerebro, sino que era algo que ya necesitaba”. Sus tíos pensaban que estaba peleando con Dios y se preocupaban, “ahora lo han aceptado o prefieren ya no decirme nada”, cuenta.

     

    Nunca comprendió por qué no logró sentirse parte del grupo de jóvenes evangélicos. “Con el grupo católico somos como más hermanos, me entienden y son mis amigos, somos parte de algo grande, ellos me buscan, me visitan, están pendientes de ver cómo estoy, se toman el tiempo para eso, cosa que en la otra iglesia no sucedía”.

     

    El sacerdote se ocupó de explicarle las cosas que la confundían, como el hecho de tener que arrodillarse: “Me han dicho que es una gran herencia la que tenemos, se ha pasado de generación en generación y algunas cosas han ido cambiando, pero no está todo tipificado como que así debe ser, sabemos que las imágenes son para recordar a las personas que en algún momento fueron santos. Algunos padres me han dicho que es cuestión de cada quien si se quiere arrodillar o persignar. No me veo en la obligación de hacerlo”.

     

    Lleva ya dos años como católica y cada vez se siente más parte. “Cada quien encuentra su sitio”, reflexiona, “no es que una religión sea buena o mala, es que cada quien se siente bien en un sitio y no en otro”. Al final hay algo claro: a pesar de las diferencias, en ambas iglesias ilumina el mismo sol, el amor cae sobre el mismo Dios, aunque llegue por rutas diferentes.

     

    Católicos y evangélicos, divididos por la mitad

     

    Andrea estaba pasando por una depresión muy fuerte. Llevaba días encerrada en casa, llorando, cuando una amiga la convenció de que aceptara hacer un viaje de fin de semana. No le dijo a dónde irían, solo le pidió que llevara una maleta para dos días. Andrea estaba segura de que irían a un hotel en la playa y empacó la calzoneta, pero estaba equivocada, el bus que pasó a recogerlas las dejó en una pequeña granja cerca San Lucas: era un retiro evangélico. Al principio Andrea se molestó, ella era católica y su amiga la había llevado con engaños a otra religión, pero ya estaba allí y decidió quedarse. Desde que entró sintió que alguien tocaba su alma, que había estado perdida y que por fin hallaba su camino. El último día le hicieron una propuestas extraña: “Cásate con Jesús”. Ella dijo que sí, que había encontrado en Él al único y verdadero amor, así que el retiro terminó con ella vestida de blanco entrando a una capilla donde el novio era invisible. Volvió a casa feliz, la depresión se había ido. Pero su familia no lo tomó con mucho entusiasmo: “¿Te hicieron hacer esa ridiculez?”, le gritó la madre. “Cómo se burlaron de ti”, sentenció el padre. No le importó, siempre importa más lo que se siente que lo que se dice.

     

    Como Andrea, decenas de personas se cambian cada año del catolicismo al protestantismo. En las últimas décadas el flujo ha sido masivo, al punto de que actualmente existe casi el mismo número de católicos que de evangélicos. De acuerdo con un estudio realizado por el sociólogo Otto Cortez para su tesis doctoral, en Guatemala hay más o menos un 38 por ciento de católicos, un 38 por ciento de evangélicos, 5 por ciento de otras religiones (como judíos, mormones, testigos de Jehová, etcétera) y un 18 por ciento que no pertenece a ninguna religión pero que sí cree en Dios.

     

    “Este 18 por ciento proviene de católicos que pasaron a evangélicos, y evangélicos que prefirieron quedarse neutros”, explica Cortez, “ese 18 por ciento se formó muy rápido, en cuestión de 20 años, y ha sido por las malas experiencias que han vivido en las dos religiones mayoritarias”.

     

    “La religión unifica pero también divide”, reflexiona Cortez. “El sistema de creencias de una religión basada en el amor, la apertura y servicio al prójimo puede ayudar a facilitar una cohesión social, pero una religión cuyos líderes absoluticen la legitimidad de su propia verdad, rechazando cualquier interpretación diferente, puede dividir y confrontar a los integrantes de una sociedad”.

     

    Cortez analiza en su estudio un momento clave en el que la religión católica perdió muchos fieles que emigraron al lado protestante. Fue en la guerra, como muchos catequistas eran perseguidos y algunos sacerdotes se acercaron a la guerrilla, muchos fieles prefirieron cambiarse de religión y permanecer ajenos a los conflictos políticos. Esa fue una de las razones por las que en 1981 viniera Juan Pablo II, para motivar el regreso de fieles.

     

    “En los años cincuenta, los evangélicos fueron muy atacados. Se volvía alguien evangélico y lo rechazaban, pero poco a poco empezaron a crecer y encontraron una estrategia para halar nuevos adeptos, pero ¿dónde los iban a encontrar si solo católicos había? Entonces dicen que no son una religión sino un grupo que busca una relación con Dios”, explica Cortez. “Si a un católico le decían que fuera a una iglesia de otra religión era más difícil que lo aceptara, pero si les decían aquí no es religión, entonces hay más apertura de la persona nueva que llega para, al menos, escuchar. Pero como ocurren experiencias religiosas que son muy impactantes para la persona, empieza un proceso de incorporación a la nueva religión. Si existiera de parte de los grupos neopentecostales un rechazo a los católicos y los insultaran, un católico nunca iría, pero la estrategia es apertura y respeto”.

     

    Cuando se ha crecido en una religión, cuando la creencia proviene de una tradición familiar, romperla no es sencillo. Muchos sufren rechazo de sus familiares, quienes llegan incluso a tacharlos de traidores. Sergio recuerda las palabras hirientes de su abuela: “Tú ya te fuiste con los panderetas”, le decía. Usaba la palabra “pandereta” para descalificar a los protestantes.

     

    “No es simple cambiar de religión, pero se facilita cuando existe una experiencia religiosa, algo que usted va a vivir y que nunca ha vivido antes. Eso le hace hacer a un lado las dudas y dar el paso, y en experiencias religiosas la evangélica tiene mucho. Las noches de gloria y sanación son un ejemplo”, opina Cortez.

     

    Celia ha logrado compaginar las dos religiones. Va a casarse con el hijo de un pastor, ella viene de una familia católica, pero eso no ha sido obstáculo. Asiste a cultos evangélicos y va a misa. Es devota de la Virgen, pero también asidua a dar testimonio. “Tomo lo bueno de cada una”, dice, “estoy cerca de Dios en todas partes”. Pero no todos logran armonizar dos religiones, Claudia, de 34 años, tuvo que alejarse de su familia porque nunca comprendieron que se volviera protestante. Sacó todas las imágenes de su casa, regaló la medalla de la Virgen de Guadalupe que llevaba en el cuello y no volvió a cargar en una procesión. Sus padres nunca pudieron perdonárselo.

     

    Para Leslie cambiar de religión fue difícil al principio, porque la experiencia en una y otra son distintas. Cortez lo explica: “En la religión católica se busca una experiencia espiritual en el silencio. Las velas causan un efecto que facilita entrar a ese proceso de trascendencia para comunicarse con Dios. En el lado evangélico se utiliza la música que pueda llevar al éxtasis de alegría, al éxtasis de tristeza. La mayoría de iglesias evangélicas son cerradas y hay un show de luces que ocasionan un efecto en el cerebro que puede hacer a la persona más susceptible al mensaje. En muchas iglesias evangélicas lo primero que ve la gente es elegancia y lujo, en una católica suele haber un mendigo. La antesala al culto católico es pobreza y la antesala al evangélico es riqueza”.

     

    La iglesia evangélica suele atraer a los jóvenes por la música y las activiades que realizan. Marta, de 17 años, vivía cerca de una iglesia protestante y al oir la alegría de los muchachos le rogaba a su madre que le permitiera ir. La respuesta siempre era no, nosotros somos católicos. Después de mucho insistir le dieron permiso, pero con una condición: “Si te preguntan si aceptás a Cristo decís que no”. La niña se desubicó, decir que no sería algo terrible. “Es que si lo decís eso quiere decir que ya te atraparon y serás evangélica”, sentenció.

    Marta Sandoval msandoval@elperiodico.com.gt

    15 julio 2012

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