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Guatemala, domingo 15 de julio de 2012

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Clásico o romántico

Pero, entonces, si la contradicción se tolera y hasta se celebra, ya no puede criticarse a nadie con un fundamento racional, como si la reducción al absurdo hubiese sido exilada de los hábitos intelectuales.

Rogelio Salazar de León

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Ampliar imágen EP Foto:  ELPERIÓDICO

Si se empieza anunciando que las cosas en sí mismas son la causa de las apariencias, es decir que las ideas son la causa de los fenómenos y, a la par de esto o mejor aun, más tarde se afirma que las ideas son incognoscibles, surge la cuestión acerca de ¿cómo, entonces, pudo haberse sabido por anticipado que eran causa de algo…? Si algo es imposible de conocerse, ¿cómo ese algo puede decirse que sea causa de alguna cosa…?

 

Ese es el tono de las acusaciones que Hegel hace a Kant y, al menos, hay que reconocer que Hegel tenía algún olfato para las contradicciones.

 

Según Hegel, Kant es inconsecuente o, cuando menos, autocontradictorio, porque él tenía una forma distinta de entender el límite a la forma en que lo reconocía Kant.

 

Quizá pueda llegarse a un consenso respecto a que si el sistema kantiano merece la etiqueta de crítico, es porque intenta encontrar los límites para el conocer, para el desear y para el sentir respectivamente, en cada una de sus tres críticas; por lo cual, de acuerdo con Kant, crítico equivale a fijar límites.

 

Hegel creía que Kant caía en inconsecuencias, porque él pretendió llegar más hondo, precisamente, en la comprensión del límite, cabalmente, en aquello que definía al sistema kantiano; mientras Kant entendía por límite un punto desde el cual ya no puede irse más allá, Hegel entendía que el límite es como una deficiencia, como una insuficiencia, algo que es conocido en la medida en la que es traspasado.

 

Kant tal vez hubiese dicho que nuestra descripción del paisaje es vaga, mientras Hegel hubiese dicho que lo vago es el paisaje mismo, para Hegel no había gradas, ni distancia ni subyacencia entre las causas y las apariencias, entre las ideas y el fenómeno (el título “La fenomenología del espíritu” es muy claro al borrar estas gradas); de alguna manera Kant establece en la contradicción el punto divisorio y Hegel admite sin remilgos la contradicción. En suma podría decirse que a Hegel la contradicción no parece desconcertarlo.

 

Quizá para decirlo de una forma ilícita e impropia habría que decir que Kant se parece a un boxeador que pelea de una forma frontal, mientras Hegel se parece a un luchador de judo que se ha especializado en aprovechar a su favor la fuerza del oponente. Hegel desvía o difiere el punto del impacto, al postular y entender que el devenir es más fundamental que el propio ser.

 

A lo mejor, el testigo más eminente, suspicaz y despierto de la contienda entre Kant y Hegel no es filósofo, como cabía esperar, sino poeta, novelista y dramaturgo, su talla es equivalente a la de un Miguel de Cervantes en castellano, y su nombre es Johann Wolfgang Goethe. Este funciona como el hombre que, sin jugar en la misma liga de los otros dos, es capaz de entenderlos, acaso por estar afuera.

 

Es más fácil desnucar a la filosofía si se está afuera de ella.

 

Goethe plasma un mito moderno con nombre propio (casi todos lo han tenido desde la antigüedad: Aquiles, Orestes, Edipo, Abraham, Moisés, David, etcétera), el mito de Goethe se llama Fausto y cuenta la historia de un hombre que primero parece haber sido kantiano y después parece haber sido hegeliano.

 

Este poeta alemán, con muchas probabilidades, debió creer que los filósofos hacen trucos dignos de un brujo o de un prestidigitador, y debió temer que el trabajo filosófico fuese como el de quien levanta nubes de polvo más para nublar la vista y encubrir cosas que para desenterrar y descubrir cosas.

 

El hecho es que Fausto es un doctor, por esto debe entenderse sabio, quien harto de los artificios de su lógica y su rigor clama por algo diferente. Fausto es alguien que, cansado del formalismo de su ciencia, busca otro decano capaz de actuar en acuerdo a otros métodos.

 

Con la filosofía, habría que decir que lo puesto en cuestión es el principio de no-contradicción, aquel cuyo enunciado reza: una cosa no puede ser y no ser a la vez; que para la ciencia ha conservado desde siempre un punto central y una vigencia incuestionada; en un debate intelectual la condición para vencer a un adversario ha sido llevarlo a una contradicción, puede decirse que así han funcionado las cosas hasta Kant, y para Fausto habrían funcionado también así hasta que se le ocurre llamar o clamar por ese decano que obedece a otros métodos.

 

Hegel en la filosofía y Mefisto (que ese es el nombre del nuevo decano del doctor Fausto) en la literatura, aseguran que la contradicción no tiene porque ser un déficit, una falta, un defecto, un menoscabo, más bien ellos dicen que cada cosa, cada concepto, cada fijación es, en última instancia, una unidad de elementos o momentos diferentes, diferenciados y que, incluso han traspasado la contradicción.

 

Pero, entonces, si la contradicción se tolera y hasta se celebra, ya no puede criticarse a nadie con un fundamento racional, como si la reductio ad absurdum (reducción al absurdo) hubiese sido exilada de los hábitos intelectuales; quizá dirían: cuando la razón ya no se refrena ni retrocede por miedo al ridículo todo puede justificarse, hasta el Jazz y el Rock ’n Roll.

 

Los viejos como Kant temían que la buena conciencia ilustrada fuese envilecida, pero los jóvenes de última generación, como en su momento lo fue Hegel, alzaron la voz a favor de la lucha, del levantamiento, de la controversia, de la oposición, de la revolución, de lo endiablado y diabólico, al fin y al cabo, es bien sabido quién se encubría atrás del nombre Mefisto.

 

Pactar con el diablo es, finalmente, un contrato romántico, un acuerdo siniestro; no es casualidad que los kantianos hayan sido tradicionalmente de derechas, mientras los hegelianos lo han sido de izquierdas.

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