Cuando arribé al medio siglo pensé en escribir sobre la muerte, y fue por ello que pergeñé un romancero en el que me adentré en las muertes que me ha tocado vivir: la del abuelo que me arruinó mi cuarto cumpleaños, ausentándose de un golpe al corazón en vísperas del 23 de enero; la tos ferina que se llevó a la hermana; la del hermano menor que se esfumó al cuarto día de nacido doblegado por la sangre incompatible de la madre; la de la madre consumida por el cáncer; y la del padre al que traicionó un orgasmo.
No podía faltar en ese romancero la muerte de los amigos, hermanos entrañables: “La amistad, la verdadera, la que se comparte, lo dijo el amigo Adolfo, en los momentos aciagos y en los gratos de la vida, es talvez el sentimiento, más alto del ser humano. Pancho, Meme, Julio, el Sapo, el Negro y el Seco; Aníbal, Ángel y Alfredo, Enrique y Manuel José, el Huevo, el otro y aquél; de los que halan parejo, de los que ofrecen y cumplen, de los que dan y no esperan; los ha quitado de en medio, la enfermedad, la violencia, el plomo, la incomprensión”.
En pleno siglo XX reapareció el genocidio en su más cruda definición: “Ese hecho de violencia que se comete, con la intención de destruir total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Así fueron cayendo abatidos por la metralla ignominiosa, una pléyade de universitarios valiosos y patriotas. Fue así como con tristeza incluí a varios de ellos en el romancero: “Adolfo, ametrallado en su silla, parapléjico brillante; treinta y dos balas a Mario, defensor del proletario; como en safari Oliverio, líder joven, líder nato; Manuel a fuegos cruzados, la multitud lo acompaña. No hay derecho a que me quiten, en esa forma a los cuates. Amigos, hasta la muerte; risas y penas, la muerte; venga esa mano, la muerte”.
En pleno siglo XXI aparece el flamante Secretario de la Paz, nombrado por el Presidente de la República, general Otto Pérez Molina, declarando que en Guatemala no hubo genocidio. Es entonces que, ante esa sesgada aseveración y ante la muerte afrentosa de Adolfo Mijangos, Mario López Larrave, Manuel Colom, Oliverio Castañeda, pienso que a lo mejor murieron en su cama y de muerte natural.
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