El docente solo quería educar a sus alumnos con calidad, y en su intento le fue más que bien: los cambios que procuró en su escuela hicieron eco en la comunidad, y ambas se transformaron. Todo empezó con un pequeño grupo de niños y dos maestros.
Esta escuela es como una agradable sorpresa. Una donde existe un organizado gobierno escolar; donde a pesar de la desnutrición el 78 por ciento de los niños aprueba el grado y la deserción es mínima. Son chicos que al concluir la primaria son capaces de redactar actas, memoriales y entender lo que leen. Eso por contar algunas de las habilidades adquiridas en la Escuela Oficial Rural Mixta de la Aldea Pucpalá, en San Rafael la Independencia, Huehuetenango.
El establecimiento pertenece al municipio donde en promedio solo el 5.8 por ciento de escolares obtuvo resultados satisfactorios en las pruebas de lectoescritura y matemática (el promedio nacional es de 46.2 por ciento). Y el sexto lugar en desnutrición a nivel nacional según la Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Sesan). Con esos antecedentes cabe la pregunta ¿quién se atrevió a encender ese motor que parecía defectuoso?
La respuesta la tiene José Pablo Francisco Andrés, el director del establecimiento. Hace casi una década, cuando era un joven de 22 años y recién había regresado a su natal Pucpalá con su título de maestro de primaria, del Instituto Nacional Mixto Alejandro Córdoba, en Huehuetenango, tenía en mente un objetivo, desarrollar a su comunidad.
Lo logró: dos edificios escolares, laboratorios de computación, un modelo de organización estudiantil imitado por las demás escuelas del municipio, y una eficiente junta escolar de padres de familia son pruebas. Todavía hay más: Pucpalá, una comunidad de 100 familias, logró superar sus conflictos y ponerse de acuerdo, el mérito es en buena parte de José Pablo, el director. Por eso la escuela que dirige es como una agradable sorpresa.
Súper maestros
En Guatemala funcionan alrededor de 18 mil escuelas primarias, y solo 2 mil, estima Fernando Rubio, director de Reforma Educativa en el Aula de USAID, demuestran un cambio en la metodología para impartir clases, organizarla e implementar tecnología. La escuela de Pucpalá pertenece a este selecto grupo de 2 mil.
- ¡Eyma! ¡Eyma! (¡Venga! ¡Venga!)
- ¿Jantaj stol? (¿cuánto vale)
- Lahoneb´ (10)
La escena de un día de mercado tiene lugar en el salón de usos múltiples de la escuela, a cargo de los alumnos de quinto y sexto primaria. Están las ventas de frutas, verduras, medicinas y granos básicos, utilizan medidas como el almud, una caja de madera con capacidad para 10 libras, por ejemplo. No falta nada, incluso las transacciones se realizan con dinero falso; hablan español lo mismo que akateko, la etnia de los pobladores de Pucpalá.
“Tratamos de variar las actividades al momento de evaluar o reforzar conocimientos” explica Edwin Pedro, profesor de matemática; los chicos reciben clases paralelas, como en los grados básicos. La idea es generar procesos educativos fuera del aula, llevar a la práctica los contenidos vistos en clase. Ese miércoles los niños pusieron a prueba lo aprendido en operaciones básicas y medidas de capacidad. Se retomaría la actividad en Comunicación y Lenguaje con un enfoque distinto.
A falta de personal, los maestros trabajan por asignaturas, clases paralelas “así ningún grado se queda sin asesor”, explica José Pablo. El equipo de cinco maestros aprovechó las capacitaciones de Unicef, el Ministerio de Educación (Mineduc) y otras entidades para proyectar sus labores de una forma diferente. Es decir, también llevaron a la práctica lo aprendido. Sin embargo existen algunas limitantes: solo tres de los profesores participan en el programa de actualización porque están presupuestados, y dos fueron rechazados por estar bajo el régimen por contrato.
El director departamental del Mineduc en Huehuetenango, Caról Morales, asegura que cualquiera puede participar en los programas de actualización, pero reconoce que no existen los fondos suficientes para aceptarlos a todos. Es la misma respuesta para explicar por qué solo llegaron los libros de Matemática y Comunicación de primero a tercero, o por qué en enero recibieron para cubrir 30 días de refacción, y hasta la semana pasada para otros 60 días. Libros y alimentación son peldaños para alcanzar la calidad educativa.
“El Mineduc se concentra en ser aparato administrativo, y descuida los procesos pedagógicos”, señala el consultor educativo Francisco Cabrera Romero. Y uno de sus mayores problemas es la falta de recursos.
¿Detuvo eso a los maestros de Pucpalá? No. Salieron a tocar puertas: primero la del propio Mineduc (que por cierto no la abrió), la del gobierno local y la de las casas de las familias de sus escolares. El resultado fue bueno. De la escuelita que en 2003 tenía menos de 100 alumnos y 2 maestros solo queda el recuerdo.
El gigante dormido
Pucpalá o Uk´b´alja´ en idioma akateko significa “lugar donde se toma agua”, el arroyo que comparte nombre con la aldea divide la comunidad en dos. Los límites imaginarios recordaban a la Alemania dividida por un muro. “Cuando los pobladores de un lado proponían algo, los otros se oponían”, relata María Mateo Manuel, habitante del lugar.
José Pablo encontró el punto de encuentro para lograr la paz en el único sitio donde los 862 pobladores coincidían: la escuela. Aprovechó un sistema de organización implementado el año anterior por Olga José Andrés, la otra maestra: los niños de sexto apoyaban a los de primero, los de quinto a segundo, y cuarto a tercero. Había creado el gobierno escolar.
José Pablo devoraba libros de didáctica y técnicas para impartir clases en aulas multigrado que luego compartía a su compañera de escuela. La capacitación ofrecida por diversas organizaciones vendría después de tocar más puertas, al mismo tiempo realizaba visitas domiciliares para convencer a la comunidad. “El secreto está en reconocer la participación y el valor de cada miembro del lugar”, insiste José Pablo.
Los padres de familia creyeron en el proyecto, en especial cuando descubrieron en el maestro a un consejero que los impulsó a trabajar para su comunidad.
El sistema de drenajes fue costeado por los pobladores, al igual que las actividades extraaula, la refacción escolar y los instrumentos musicales para la banda escolar. “Todos asistimos a las sesiones donde discutimos desde el rendimiento de nuestros hijos y la rúbrica utilizada para evaluarlos –la mayoría de pobladores no sabe leer, se guían por colores: azul, aprobado; rojo reprobado– hasta conflictos de familia”, comenta Roberto Francisco Mateo, tesorero de la junta de padres de familia.
“Existen indicadores para definir a una escuela “diferente”, y el primero es que el director es la principal fuerza de cambio”, asegura Rubio. Después de un viaje de 10 horas en auto desde la capital a San Rafael la Independencia, Huehuetenango, el visitante descubre los resultados del trabajo de hormiga de esta aldea.
El mejor gobierno
Los niños uniformados con chaquetas azules y detalles rojos que avanzan sobre el camino de terracería indican que la escuela está cerca. Las 7 de la mañana y el frío intenso de la comunidad a 2 mil 100 metros sobre el nivel del mar cala hasta los huesos.
Sofía, la presidenta del gobierno escolar, extiende la mano para saludar: “Bienvenidos a la EORM de Pucpalá”, anuncia a los visitantes. La acompañan la vicepresidenta y el secretario. En las siguientes tres horas desarrollan su agenda de actividades con un espacio de preguntas.
En el plantel todos tienen una tarea asignada: desde las madres encargadas de preparar la refacción escolar, controlar la entrada y salida de libros de una pequeña biblioteca, policías escolares que velan porque la basura se deposite en el lugar correcto y que el baño siempre tenga papel.
Todo se documenta en video y fotografías, después de todo Pucpavisión, el telediario estudiantil, recopila las memorias de una nueva generación. Una reportera, un camarógrafo y un fotógrafo de sexto y cuarto primaria hacen el trabajo.
Este año los niños plantearon dos proyectos, el resultado del primero se observa en las paredes del centro educativo: un sistema para marcar la asistencia, rótulos y gráficas con la historia de su escuela. En papel continúa el proyecto para comprar una cañonera. “Incluso fuimos con el alcalde municipal a solicitar ayuda, pero no obtuvimos respuesta”, cuenta Sofía.
Algunos indicadores para determinar si una escuela ha impactado en una comunidad son niños activos y participativos, coinciden los expertos y los chicos de Pucpalá llenan los requisitos. “Otra señal es la presencia de niños de comunidades cercanas”, dice Rubio. A la escuela de Pucpalá asisten 8 niños de aldeas aledañas y 4 de la cabecera municipal.
La visita a la escuela termina, Adán, el secretario, lee el acta que redactó durante el recorrido. “Preparamos a los líderes de mañana”, se ufana José Pablo, “después de todo nos relevarán algún día; están preparados”.
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