El escritor y director de la editorial Magna Terra presenta su más reciente poemario: “Cierta grey alrededor”, en el que la poesía pregunta y niega. Hoy, a las 18:30 horas. En la librería Sophos (Fontabella, zona 10). Con comentarios de Javier Payeras y Jaime Barrios.
Luego de “Un león lejos de Nueva York”, ¿por qué regresar a la poesía?
– No he regresado, siempre me acompaña. Sin embargo, es el tema el que dicta el género. Después de esa novela he escrito tres más y dos poemarios, entre ellos, el que hoy se presenta, el cual obtuvo Mención en el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío.
¿De dónde surge una serie de poemas que arrancan con un “no”?
– La monotonía del adverbio “no” y su reiteración pretende revelar un dentro oscuro del corazón, pero también es una ética poética abierta al acontecimiento de los otros. Es decir, escribir negando o escribir borrando. Negación y reverso. Como sea, es un “no” afirmativo y explicativo para fijar el desastre y el disparate en que vivimos.
¿Cuál es el papel de la mujer en este libro? ¿Cómo funciona en su poesía?
– Mujeres valientes, insumisas, que hablan del sexo sin la lógica de la corrección política y son capaces –o lo fueron– de vivir al límite por la libertad y la democracia. Son “un dolor peleando y hay que estar para verlas”, reza uno de los versos de este libro.
En uno de sus poemas dice que “nada de lo que existe, importa”, ¿y la poesía?
– Es un juego de palabras porque en un verso precedente dice: “Nada de lo que importa, existe”. Ahora bien, al contrario de la filosofía, que aspira a la unidad, la poesía quiere todas las cosas y sus matices, porque intuye que los poetas escriben lo que la Nación de los Notarios oculta. En otras palabras, los poetas describen lo que la narrativa oficial desecha. La basura, según ellos, lo impresentable, lo que hay que esconder bajo la alfombra antes que lleguen los invitados, porque, sin duda, arruinaría la competitividad y la marca de país.
¿Qué opinión le merece el pasado?
– María Zambrano afirmó que el tiempo no deja a nadie en paz, porque el hombre sigue aconteciendo como sujeto histórico. Así, estamos inmersos en un tiempo sucesivo –un solo instante– y en el tiempo de la conciencia. Y no me refiero a la melancolía del perpetuo pasar de las cosas, como afirmaba Heráclito, sino a la imposibilidad de olvidar. De ese modo, pasado, presente y futuro dibujan nuestro horizonte, por cierto, para nada halagador. Ni siquiera reaccionamos “cuando el tiempo titubea /por la mordedura /de su propia sumisión”.
¿Es Guatemala el país de las negaciones?
– Por supuesto. Negamos el pasado con toda su cauda de horrores y resistencias. Negamos que somos un país con veintidós culturas, negamos la pobreza, la desigualdad y la apocalíptica marginalidad. Y de las negaciones pasamos al miedo: al otro, al moreno, al diferente.
¿Obtiene alguna respuesta de la poesía?
– La poesía es esencialmente un ejercicio de preguntar. En su afán de reintegrar y reconciliar la esencia humana, busca la inocencia y la ingenuidad –en el sentido que lo plantea Ciorán–, como un ejercicio de salvación. El poeta aspira a una épica de la dignidad y a la eficacia del develamiento, gracias a ello, nunca deja de interrogar. Las respuestas, quizá nunca lleguen.
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