Las personas cambian. Nuestros intereses y necesidades evolucionan. El crecimiento es externo e interno. Pero a veces nos cuesta verlo y, sobre todo, aceptarlo. Más aun, cuando el que cambia es el otro.
Rolf era un berlinés casado con Pía, esposa buena y hermosa. Tenían dos chicos, casi adolescentes. La pareja ideal según los amigos. Él, médico. Ella, gerente de banco. Trece años de matrimonio. Sin embargo, en los últimos años, la relación se había enfriado. Vacaciones al extranjero, carro nuevo, nada de ello sirvió. Pía tenía ciclos depresivos.
Un día, Pía volvió tarde a casa. Rolf la increpó. Ella rompió en llanto. “Estoy enamorada de Mario”. Mario era un italiano que trabajaba en el banco. A Rolf se le cayó el cielo encima. “¿Por qué” –preguntó, una y otra vez. “Tú no lo ves, pero yo he cambiado” –acertó ella responder. “¿Cambiado en qué?” “Ya no soy la misma”.
Rolf fue a mi consultorio. Si no lo hubiera hecho, la habría matado o se habría suicidado. Durante un año, cada semana, hablamos. De lo incomprensibles y complicadas que son a veces las cosas. De lo absurdas. De lo injustas. Pero te topas contra una pared y no hay explicación que valga. Puedes construir mil, ninguna te satisface.
Algunas razones encontramos. El desgaste, la rutina. Al final, sólo el amor ayudó a Rolf a superarlo. Lo escribió en su diario: “Cuando se ama, uno acepta soltar, por amor, a la persona que ama”. Esto lo salvó. Hace poco me escribió: guarda una buena amistad con Pía y ella vive con José. Los niños están bien, él sale con una chica. Y la vida sigue.
Este espacio es para promover el diálogo, compartir, discutir y argumentar sobre el artículo publicado, únicamente.
Se prohíben mensajes que contengan:
Nos reservamos el derecho de editar o eliminar cualquier mensaje que no cumpla con las condiciones anteriores. Y de ser necesario bloquear a usuarios.
Al participar, acepta las reglas y el aviso legal.
7 comentarios: