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    Guatemala, domingo 29 de julio de 2012

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    EL ACORDEÓN

    Mis fantasmas

    No hay cosa más deliciosa que sentarse de noche, de preferencia en alguna casa en mitad del campo y con escasa iluminación, a hablar de fantasmas. Salen a relucir en esas pláticas, los ojos rojos y profundos del Cadejo cuidador sempiterno de los borrachos. Aunque los borrachos tienen otros guardianes de origen más alto: los ángeles. Ellos son los encargados de pescarlos en el aire cuando ahítos de vino u otros espíritus más fuertes —que no tienen nada que ver con el tema de esta columna— los conducen a despeñarse o a torear automóviles, según se hallen en el campo o en la ciudad.

     

    Debo confesar, porque los pecados no deben quedar ocultos, que cuando tenía algo así como diez años, mi hermano menor y yo esperábamos a que la nana se fuese a la cama, y aún aguardábamos una o dos horas pasando frío en las escaleras de la casa de la 13 calle “A” que conducían a la terraza, para asustarla.

     

    Jamás se nos ocurrió que pudiera tener algún mal de corazón. Era tan tierna con nosotros que estábamos seguros de la sanidad de su sistema cardiovascular. Entonces no sabíamos que se llamaba así, pero teníamos la certeza de su vitalidad. Y por otro lado, los niños siempre serán niños, aunque estén pertrechados por los gizmos o gadgets más posmodernistas del mundo. Aunque hay que reconocer que los sustos infantiles o juveniles contemporáneos tienen que ver con que la computadora se haga cisco o el celular quede inservible; pero en fin, cada cual en su época.

     

    Allí en las gradas, pasando frío y armados de algunos terrones o piedrines, comenzábamos la lluvia de proyectiles dirigidos hacia la puerta del dormitorio de la Yaya, y lo hacíamos rápidamente para escurrirnos y escondernos en nuestras habitaciones antes de que descubrieran la iniquidad nuestra.

     

    Recuerdo esto porque vivo en una casa donde antes hubo una oficina. Y al caer la noche, todo el mundo se apresuraba a salir volando hacia su casa o hacia donde fuera, pero que la puesta de sol no los atrapara dentro del inmueble. Estaba, decían, lleno de fantasmas.

     

    Cuando anuncié mi intención de pasarme a ella, los inquilinos que iban de salida se santiguaron y me dejaron como regalo un frasco con agua bendita para protección. Las primeras noches, cansada de andar arreglando muebles, libros y otras pertenencias, dormía como una bienaventurada.

     

    Pero luego comencé a escuchar ruidos sin razón aparente. A las dos de la madrugada sonaba el portazo de un auto que se cerraba bajo mi ventana; tras los noticieros me llegaban trozos de conversaciones que el viento arrastraba en remolino por mi cuarto. En diversas ocasiones hasta oí que un niño lloraba desconsolado en la habitación vecina.

     

    Lo único que logró causarme asombro era una especie de acezido que escuchaba a milímetros de mi cuello y que sonaba como si algún ente estuviera a punto de ensartarme los colmillos en la garganta. Ese fue el susurro que más trabajo me costó identificar.

     

    En el silencio nocturno logré darme cuenta de que la casa es una especie de filtro que recibe revelaciones de todas partes. Por sus ventanas entra el viento que arrastra lo que hablan o discuten los habitantes de las casas vecinas. Hay un señor que siempre llega de madrugada dando portazos. Hay quienes aprovechan las horas de la noche para hacerle reparaciones a sus viviendas.

     

    Aun así, siempre me desconcertaba el sonido leve y acezante del ser que rondaba mi garganta. Fueron necesarias muchas noches de verdadero silencio y mucha diligencia de mi parte para desentenderme de los sonidos de los fantasmas ya desenmascarados y concentrarme en escuchar, escuchar verdaderamente, para desenredar aquel último engaño.

     

    No sé, ahora, si hice bien o mal en perseguir la tesitura de ese fantasma. El viento cambió de Norte a Sur y logré pescar mejor y mejor aquel sonido que habría aterrado a cualquiera. Me quedé mucho rato despierta, con el corazón aterido cuando logré percatarme de que el ruido que llegaba fantasmal a mis oídos, se originaba muy lejos de casa. Es un perro que ladra tenaz cuando lo amarran por la tarde para cuidar una vivienda. Habría preferido creer en un vampiro que saber que en algún lado hay un perro a la intemperie, amarrado bajo el frío o la lluvia, que se queja incansable de su atormentado destino.

    Ana María Rodas

    28 julio 2012

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