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    Guatemala, domingo 05 de agosto de 2012

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    DOMINGO

    Donde las librerías no venden libros

    Muchos lectores empedernidos de la ciudad de Guatemala se quejan de poco acceso a los libros. Pero los que viven en los departamentos se quejan de cero acceso a los libros. Vivir en un pueblo y querer leer son dos cosas que no siempre combinan.

    El Sol se ensañó con su portada, que antes era roja, o quizá naranja, pero ahora es de un amarillo opaco; sus enormes letras negras dicen El Quijote de la Mancha. Edición completa, pero su lomo delgado sugiere otra cosa. A su lado guardan polvo dos flacos tomos de La Eneida y El Hombre que Calculaba, los únicos tres libros que tiene una de las librerías de Mazatenango. “Si quiere conseguir un libro, vaya a Paiz” informan; las librerías no venden libros, si alguien quiere leer que busque en el supermercado y que se apañe con los pocos que ofrecen.

     

    En Mazatenango, las librerías están llenas de cuadernos y lápices, pero nada de libros. Leer allí es un verdadero privilegio que solo pueden costearse los que viajan y regresan con letras. Una situación similar se vive en casi todos los pueblos, en algunas es tan dramática que ni siquiera hay una biblioteca pública, y en otras la biblioteca es tan anticuada que nadie la visita. En los departamentos los lectores tienen que conformarse con la estantería del supermercado… cuando existe.

     

    El Banco de Guatemala tiene 64 bibliotecas en el país, 4 en la capital y las restantes 60 repartidas en los 334 municipios. El Ministerio de Cultura y Deportes no tiene bibliotecas en el interior; las tuvo, pero murieron hace unos dos años por falta de presupuesto. “Tenemos problemas hasta para financiar la nómina”, dice Carlos Batzín, ministro de Cultura, “pero estamos promoviendo la recaudación de libros, haciendo contactos con editoriales para que hagan donaciones” cuenta.

     

    Mientras tanto, los lectores empedernidos que viven en pueblos se las ingenian para no perder el hábito de leer y hacerle frente a las carencias. Estas son las historias de cuatro de ellos.

     

    Alfonso Huerta

    Retalhuleu

     

    Cuando tocaban a la puerta, Alfonso Huerta, que entonces era un adolescente, salía corriendo emocionado. Quizá era el vendedor de libros, ese que aparecía de vez en cuando con historias nuevas para leer. Su madre solía comprarle obras de filosofía, y Alfonso aprovechaba para leerlos de pasta a pasta: Platón, Henri Bergson, Jean Paul Sartre, Erich Fromm; letras maravillosas a la puerta de casa. Ahora el vendedor ambulante no llega más, probablemente optó por vender cosas más rentables, como jabones o pasta de dientes en los buses. Pero les dejó a Alfonso y a su familia un pequeño tesoro, que se convirtió en un aguijón clavado en la vena lectora.

     

    Comprar libros en Retalhuleu es complicado, “la librería La Giralda tiene algo de literatura” dice, “pero en general aquí las librerías son papelerías y tienen cosas de colegio como Carazamba o María”.

     

    La Biblioteca Municipal está en el estadio. Hace unos años las oficinas de la Municipalidad se incendiaron y entonces decidieron trasladar al personal de la comuna al edificio que ocupaba la biblioteca y la biblioteca, junto al estadio. Eso sí el que quiere leer debe llegar temprano, porque no hay luz eléctrica y por eso tienen que cerrar antes de que caiga el sol.

     

    Opciones en Retalhuleu: Viajar a Quetzaltenango. Comprar por Internet. Encontrarle el gusto a los libros de autoayuda que venden en Paiz (Héctor Alvarado, autor de Escapa por tu vida, es retalteco)

     

    Estela Fernández

    Malacatán, San Marcos

     

    Al otro lado de la frontera está el paraíso de los libros. Estela Fernández solía viajar a Tapachula y volvía con literatura nueva; buena parte de su biblioteca la consiguió en México; en Malacatán, su tierra natal, nunca ha comprado un libro. La biblioteca la cerraron hace unos años y Estela está segura que si la abrieran de nuevo de nada serviría. “A veces me preguntaba por qué no había una buena librería y biblioteca aquí, pero sé que si existieran no iría mucha gente. Una biblioteca sola no sirve de nada, tiene que venir con taller de apreciación a la lectura. Los jóvenes no leen porque nadie les ha puesto en sus manos esa maravillosa experiencia de leer, de otra forma no se van a hacer amigos de los libros”. Estela adquirió el gusto por la lectura cuando vivió en la capital, allí solía reunirse con amigos y comentar libros, en Malacatán eso no sucede. “La educación aquí es muy mediocre. Mucha gente lee pero es como si fuera analfabeta, no puede leer con fluidez, menos comprender lo que lee”.

     

    La estrategia de Estela en los últimos meses ha sido Internet, navega desde las ocho de la noche hasta la madrugada. Allí puede conseguir material de lectura suficiente, aunque es un arma de dos filos. “A veces me quedo mucho tiempo viendo el Facebook o chateando y así se va el tiempo” cuenta. Opciones en Malacatán: leer en Internet o viajar a Tapachula.


    Elder Exvedi Morales

    Santa Ana Huista, Huehuetenango

     

    El que quiere leer en Santa Ana Huista va a tocarle la puerta al profesor Elder. Las carencias han convertido su biblioteca privada en casi comunitaria, en el rincón donde se cobijan los lectores empedernidos del pueblo. Elder vivió durante 17 años en la capital, donde estudió teatro y música, y allí fue alimentando una biblioteca que más tarde se llevó a Santa Ana. Ahora es profesor en el instituto de educación básica y un promotor de la cultura y la lectura en su pueblo.

     

    Para agenciarse de nuevos libros tiene que viajar a la capital o aprovechar la visita de algún amigo al que le encarga títulos. De hecho hace unos días le llegaron libros nuevos, pero apenas los tuvo unas horas antes de prestarlos. Para estimular la lectura, el profesor Elder imprime un trifoliar con poesías y cuentos de sus alumnos, obras que además se leen en la radio comunitaria. Organiza también lecturas y obras de teatro para fomentar el arte entre los jóvenes. Está recolectando material para la biblioteca del instituto y acercar más los libros a los chicos.

     

    En Santa Ana hay una biblioteca municipal, pero, como en casi todas partes, carece de apoyo, “el bibliotecario hace lo que puede, incluso, como tiene dificultad para caminar, le envío a alumnos para que le ayuden en la limpieza” comenta. “Poca gente tiene interés en los libros. De todos los profesores que conozco, dos se interesan en leer y les doy libros. Veo que alumnos de primero básico leen tan mal, que más parecen alumnos de segundo primaria, y no exagero”, se lamenta. Opciones en Santa Ana Huista: pedirle prestado al profesor Elder. Visitar la biblioteca municipal o viajar a la capital.

     

    Wingston González

    Livingston y San Marcos

     

    A los ocho años, Wingston González era un asiduo visitante de la biblioteca pública de Livingston. “Para mi edad estaba más o menos surtida”, recuerda el que hoy es poeta. Allí encontró a Dickens, Stevenson y Balzac. Pero conforme fue creciendo, el catálogo le iba quedando pequeño. En el calor del Caribe guatemalteco, el niño combinaba sus dos pasiones: leer y dibujar, y pronto una favoreció a la otra: Ganó un concurso de dibujo cuyo premio era una caja con libros. La caja le salvó la adolescencia, porque en el sitio donde vivía nunca ha habido una librería. Si quería comprar tenía que viajar a Puerto Barrios donde la variedad era escasa, o si le apetecía leer poesía debía estirarse hasta Zacapa donde una pequeña tienda de libros ofrecía poemarios.

     

    Más tarde se mudó a San Marcos, donde el panorama era más o menos el mismo que en Livingston: muchas librerías que en realidad eran papelerías. Había, sin embargo, un pequeño oasis: se llamaba librería Marquense y tenía obras de Rimbaud, Woolf, Balzac, Miller, incluso de poetas guatemaltecos. Pero la librería cerró unos años más tarde, no había, al parecer, suficientes clientes. Actualmente hay dos librerías en San Marcos, donde según Wingston “se puede pedir uno que otro libro”: Victoria y La Providencia, en San Pedro, San Marcos.

     

    Al menos una vez al año, el parque central se llena de obras literarias, es una feria de libros usados que llega de la capital; ese es el momento ideal para abastecerse de material de lectura hasta que la feria vuelva al año siguiente.

     

    Opciones en Livingston: viajar a Puerto Barrios o leer por Internet.

    Marta Sandoval • msandoval@elperiodico.com.gt

    5 agosto 2012

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