Brutal la cantidad de información que recibe un regular ser humano, hoy en día, comparada con aquella que recibía hace veinte años. Un verdadero reto para su sistema nervioso, que se las mira a cuadritos para procesar tal cantidad de realidad circulante.
Quizá una de las dificultades más marcadas para el individuo o cualquier colectivo en particular es la de mantener una identidad saludable, antes los tantísimos modos de ser del otro.
Hay por cierto toda una serie de reacciones psicológicas –quizá inconscientes– ante la creciente sobresaturación de rasgos. Algunos experimentan una especie de terremoto; una gran sacudida, en su mundo fijo. Otros una ola de miedo ante lo extraño. Habrá quien sufra una suerte de soledad, la sensación de no poder enlazar con la danza vertiginosa de lo distinto. O bien un frenético abismarse como resultado de la pérdida de la intimidad y los propios puntos de referencia. Y bueno, aquellos que se van haciendo más y más insensibles, rechazando toda conexión.
Cuando una persona no consigue establecer una relación sana con su medio y los códigos del otro, hay básicamente tres riesgos. Uno es que desarticule por completo su silueta personal, dando lugar a la alienación y el trespassing. El otro riesgo es que congele su sistema de límites, hasta quedarse encerrado en una visión del mundo limitada e inconexa. El tercer riesgo es que salga a destruir al prójimo, por ejemplo en un cine crepuscular de Colorado, en un templo Sikh en Oak Creek.
Nunca como hoy el mercado de las identidades ha sido tan complejo; nunca ha demandado de nosotros tal grado de claridad.
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