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    Guatemala, jueves 09 de agosto de 2012

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    OPINIÓN

    El fantasma de la privatización

    Méndez Vides

    Vendimos la leche lechera, para poder tomar leche.

    La palabra “privatización” de empresas del Estado asusta como fantasma mundano, de colmillos de vampiro y capa negra, por cuanto generalmente implica buen negocio para unos y malo para otros, quedando los ciudadanos a expensas y ultranza. ¿Qué significa lo privado en un país de desposeídos? Y si consideramos que hasta “lo bello tiene que morir”, según se atribuye a Schiller, no podemos los humanos temporales poseer infinitamente los cuarterones de tierra patria, y menos en un país llamado Guatemala que hace 200 años no existía, cuya extensión era prácticamente el doble en el momento de arranque, tras liberarnos de la Corona española; es decir, apenas poseemos temporalmente lo que sobró tras la anexión a México de Chiapas y Soconusco, de lo que nos dejó Belice sin salida al Atlántico, o lo que defendimos para evitar la fuga del Estado de los Altos, mientras millones de compatriotas reales trabajan en tierra extraña para mandar remesas a los suyos. Nada impide entonces pensar que a este paso el país pronto desaparecerá, como desapareceremos todos, así que no tiene tampoco sentido rasgarnos las vestiduras en nombre de la unidad nacional, oponiéndonos de oficio a cualquier propuesta que suene a “privatización”. 

     

    El rictus de queja es la supuesta pérdida de las telecomunicaciones, cuando mientras Guatel era empresa nacional no prosperaba, y los guatemaltecos experimentábamos el atraso, impotentes para impedir los malos manejos de una oscura red de influencias y corrupción enquistada en el Estado. La privatización afectó seguramente intereses particulares, pero benefició a los ciudadanos que ahora sí tenemos teléfono. Vendimos la vaca lechera, para poder tomar leche.

     

    El problema no es la posesión, sino el mal hábito adquirido por los políticos y sus secuaces para prestarse a engañar y aprovecharse. La medida de poner Puerto Quetzal en manos de españoles, quizá no suene del todo mal. Tal vez los extranjeros sí logren impedir con sus sistemas desarrollados el trasiego misterioso de furgones que alimentan el contrabando nacional, y, entonces, al final habrá cierto beneficio llegando a todos. Los ciudadanos “propietarios” no estamos perdiendo el puerto, sino acorazándonos. Aunque desconozco si existirá alguna negrura de fondo, pero mi punto es que no me asusta el manipuleo del término “privatización”, porque aunque estoy bien claro que no es la panacea para resolver nuestros problemas, en ocasiones sí podría ser una medida conveniente.

    Méndez Vides

    8 agosto 2012

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