Hoy estamos celebrando la fiesta de la Virgen de la Asunción, en la que se conmemora el día en que la Virgen María, Madre de Cristo, fue llevada al cielo en cuerpo y alma. En honor a la Virgen de la Asunción, la Capital de la República lleva el nombre de Nueva Guatemala de la Asunción.
Después de los denominados Terremotos de Santa Marta (1773), durante los cuales la actual Ciudad de Antigua Guatemala (ubicada en el Valle de Panchoy) fue destruida, se decidió trasladar la Capital de Guatemala al Valle de la Ermita (de las Vacas), o Valle de la Virgen, en donde actualmente está situada; y, por ende, también se determinó que la patrona de la ciudad fuera la Virgen de la Asunción y que se decretara asueto (o feriado) el 15 de agosto.
Guatemala, a lo largo de su historia, ha pasado por muchas tribulaciones, y siempre hemos estado marcados por el sino del despotismo, de la intolerancia, de la corrupción, de la impunidad y de la violencia, que han redundado en los más vergonzosos vejámenes, abusos y crímenes.
A pesar de que la paz pareciera no empezar nunca en esta Tierra del Quetzal, siempre hemos estado en pos de ella y, talvez, el momento en que más esperanza de una paz firme y duradera hemos tenido fue el 29 de diciembre de 1996, fecha en que el Gobierno guatemalteco y la guerrilla pusieron fin al enfrentamiento armado interno que ensangrentó nuestro país por casi 4 décadas.
En nuestra opinión, estamos perdiendo la oportunidad de paz y reconciliación que conquistamos en 1996, debido principalmente a que nuestra sociedad sigue marcada por la intolerancia, el abuso de poder, el irrespeto a los derechos fundamentales y la impunidad.
Los conflictos en Guatemala se siguen dirimiendo violentamente y la vorágine de sangre, inexorablemente, nos enluta, nos agobia, nos mantiene con miedo y nos priva de un mejor futuro. Sin duda, la ley de la selva, o sea la ley del más fuerte, sigue observándose y aplicándose.
Es un buen momento, entonces, para pedir a la Virgen María su intercesión ante Dios, nuestro Señor, a fin de que ilumine a nuestros líderes y gobernantes, para que sean, como decía el papa Juan Pablo II, artesanos de la paz y trabajen en función del bien común y no en función de intereses egoístas.
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