Cobardía sería no evitar lo que nos viene, sin siquiera intentar un acuerdo mínimo.
Aquí hay muchas cosas qué evitar. Una de ellas, la patológica tendencia de seguir en el mismo infierno, pero con diablo cambiado. “Si fracasa Otto Pérez, estaremos mal otros cuatro años”, me dijo alguien ayer. Lo cual, en mi opinión, no alcanza a abarcar las dimensiones del posible naufragio. El sistema ya dio de sí; una debacle mucho más prolongada que un período presidencial sería la próxima jugada en nuestro ajedrez trágico. Es decir: más violencia, menos inversión, más desempleo y menos oportunidades.
En ese contexto, es preciso impedir también que las dirigencias empresariales y populares, así como los extremistas ideológicos, mantengan el círculo vicioso de la caricatura mutua. El conservadurismo retrógrado conlleva un sumo peligro, provenga del CACIF, de una protesta sindical, o bien si ocurre entre un derechista fanático y un recalcitrante de izquierda. Salvo excepciones, que las hay, aquí no nos salvamos por ahora ni de unos ni de otros. Es impostergable, por ello, que ya no se tapen carreteras para ejercer presión. Pero, al mismo tiempo, que no se criminalice cualquier movimiento social, como si no hubiera angustias de hambre pendientes de solucionar. Por más desprestigiado que esté el diálogo, es la única vía para que la precaria estabilidad no se derrumbe.
Y la respuesta a semejante reto empieza en el fortalecimiento del Estado. Haciéndolo más fuerte. No más grande, sino más fuerte. Construyendo instituciones que respondan. Estableciendo políticas públicas que persigan objetivos claros. A lo que se añade la urgencia de reconciliarnos en serio y sin miedo. Evitando que la justicia transicional nos carcoma y nos divida. No es posible judicializar todos los casos.
Pero tampoco puede tolerarse la impunidad, para ninguno de los dos bandos. Y en esto, lo que debe mandar son las pruebas, no el revanchismo defensivo. ¿Cómo hacerle cimientos a un Estado de Derecho, si no resolvemos los traumas que manchan nuestra historia? Y claro, hay diversidad de asuntos de similar importancia. Hay que evitar los excesos demográficos. Las facilidades para que operen a sus anchas el crimen organizado y los hampones de cuello blanco. Evitar la economía sin ética; la inmoralidad en el Congreso; el irrespeto al medio ambiente; la desnutrición con cara de niño; los activistas antidesarrollo, en fin, hay mucho qué impedir en esta Guatemala del tercer milenio. Y evitar no es cobardía. Cobardía sería no evitar lo que se nos viene, sin siquiera intentar un acuerdo mínimo. Eso, más que cobardía, sería un crimen.
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