En contra de opiniones respetables y comentarios autorizados, yo he dicho siempre que no me gustó Los detectives salvajes, la novela insignia de Roberto Bolaño. Eso fue antes de que muriera y también después. Aunque luego pensé que si leía nuevamente el libro, quizá podría llegar a tener un concepto diferente. Después de todo, el primer capítulo me había parecido aceptable y me había tragado las 600 y pico de páginas de la novela completa. Quería encontrar por qué le otorgaron el Premio Herralde y el Rómulo Gallegos. Pero sobre todo para entender los elogios, como el del crítico español Ignacio Echevarría, quien dijo que era la novela que a Borges le hubiera gustado escribir. Algo de esto hay también en un artículo de Francisco Goldman, publicado en The New York Review of Books (The Great Bolaño, 2007). Traducido al inglés y aderezado con la leyenda de provocador, revolucionario, trotskista, bohemio, adicto a la heroína, guerrillero, vagabundo y enfant terrible cuya literatura ha sido identificada con el sugestivo nombre de “realista visceral”, Bolaño fascinó a los lectores del mundo anglohablante.
El desaliento que me dejó Los detectives salvajes me previno, injustamente, de buscar otra vez la literatura del autor chileno, en un tiempo cuando apenas accedía a la fama y era todavía un autor de culto. Sin embargo, después leí Detectives, de su libro de relatos breves, Llamadas telefónicas, y Labyrinth, un cuento publicado en The New Yorker. Y un día me puse a hojear 2666, su primera obra póstuma (luego Herralde publicó La universidad desconocida y El secreto del mal), y leí unas páginas del capítulo La parte de Fate. Me parecieron muy bien escritas. Bolaño es conciso, puntual, directo. Y tenía algo de la forma narrativa breve pero contundente de Agota Kristof, la célebre escritora minimalista húngara. Con esas pocas referencias abrí Una novelita lumpen (Anagrama, 2009) y descubrí un relato limpio y preciso, que avanza a golpes de reflexión, de una tristeza durísima y de unos casi imperceptibles atisbos de ternura. Bolaño nos cuenta una historia desgarradora, como si fuera una especie de abismo adonde nos precipita desde las primeras páginas. Narrada en primera persona por la protagonista —Bianca, una muchacha que ha quedado huérfana inesperadamente y sin otra familia que su hermano, también adolescente— la novela avanza a través de la escasa luz de un sufrimiento difícil de discernir.
El autor construye el relato desde una perspectiva distante, con la intención de recrear en la forma narrativa lo que perciben los personajes, que se mueven como en una pesadilla ajena. Y como si la rutina, las muchas horas pasadas frente al televisor y el trabajo fueran actividades vividas por autómatas, programados para ser relativamente eficientes y cuyos mecanismos les permiten obviar su sensibilidad y anular en su memoria cualquier recuerdo perturbador. Con la llegada de unos amigos del muchacho, que se trasladan a vivir a la casa de los hermanos, la historia adquiere un tono inquietante. La vida que pasa, como el agua de un canal que no va a ninguna parte; el sexo indiferente, como un somnífero, y el futuro inmediato, como la amenaza de una catástrofe, contribuyen para que Bianca tome una decisión. Va a prostituirse, aunque lo niegue siempre, como parte de un plan que les permitirá (a ella, a su hermano y a sus amigos) solucionar sus problemas económicos. El plan consiste en robar la caja fuerte de un antiguo atleta y actor de cine, venido a menos por una ceguera que lo obliga a encerrarse en su casa en ruinas. Todo esto sucede en el plano superficial del relato, pero hay siempre una carga interna que sobrelleva la protagonista y que es la verdadera clave de la novela: la búsqueda, más allá de la culpa, la indiferencia y la tristeza, de una salida para encontrar el propio curso de su vida; un lugar más allá de esa “tormenta sin ruido y sin ojos” que la había acompañado desde la muerte de sus padres.
Guatemala, 16 de agosto de 2012
>arturo.monterroso@gmail.com
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