En las mañanas se dedicaba a la docencia y por las tardes entrenaba a niños de escasos recursos, talentosos del balompié, facilitándoles sus implementos deportivos para jugar en su equipo “Estudiantes”. Así era Efraín Melgar Rodríguez.
Se graduó y trabajó de maestro de educación primaria, pero su verdadera pasión era el deporte: maratonista, futbolista, entrenador, árbitro, directivo y buscatalentos del balompié; fue también cronista deportivo en Radio Nuevo Mundo, y en los diarios Prensa Libre, La Nación, El Imparcial, El Gráfico, La Hora, y en El Deportito, semanario transmitido en televisión abierta. Fue además relacionista público de la Federación de Fútbol y secretario de la Asociación de Cronistas Deportivos de Guatemala (ACD).
Efraín Melgar Rodríguez, hijo de Anacleto Melgar y Victoria Rodríguez, nació el 20 de mayo de 1931, en el Puerto de San José, Escuintla, el primero de cuatro hermanos. Siendo muy pequeño su familia se mudó al barrio La Parroquia, zona 6 de la ciudad capital.
De joven practicó la media maratón y entrenó junto a Doroteo Guamuch Flores “Mateo Flores” y Luis Velásquez. “Era parte del equipo de la Escuela Normal Central para Varones, su rival era otro corredor de apellido Micheo a quien nunca pudo ganar; Micheo era alto y Efraín de baja estatura”, recuerda Fidel Echeverría Méndez, su amigo. Probó suerte en el equipo de fútbol de la Universidad de San Carlos cuando estudió ingeniería, la cual abandonó al obtener una beca para estudiar administración educativa en Venezuela.
En 1955 fundó el equipo “Estudiantes” con el que ganó más de cien trofeos, un semillero de jugadores. Solía reclutar a jóvenes de distintas zonas capitalinas, varios de ellos convertidos después en profesionales del fútbol como Armando Melgar, ‘Chito’ Fernández, Leonel ‘Machete’ Contreras, Alberto López Oliva y más recientemente, Gonzalo ‘Chalo’ Romero, actual jugador del club Marquense en la Liga Nacional.
Viajó con el equipo a México, Costa Rica y Estados Unidos, donde participó en torneos invitacionales. Por medio del fútbol conoció a Herbert García Alvarado, su hijo adoptivo. “Me tendió la mano y viví con él desde los 10 años, conoció a muchos patojos como yo, a través del fútbol”, cuenta. Según García, su padre nunca se casó porque su vida era el fútbol: Dedicaba las mañanas a impartir clases en una escuela de Boca del Monte, y en los últimos años en la Escuela Normal Central para Varones, y la otra mitad del día lo invertía en el fútbol.
El cronista deportivo, Julio Trejo, cuenta que en la última participación del equipo “Estudiantes”, entre sus jugadores la integraba una niña de 11 años, Ana Lucía Martínez, la goleadora, con 15 anotaciones en todo el torneo. Eso fue en 2001. “Mi papá era muy estricto, decía que si seríamos un equipo era para ganar. Era muy disciplinado y eso se ha perdido en los muchachos de ahora”, lamenta su hijo.
Su meta era simple, “ser los mejores”, no le gustaba solo competir sino entrenar para ganar. Iba de campo en campo en busca de los destacados, muy pobres algunos de ellos. “En ocasiones les regalaba leche u otros alimentos, siempre les proporcionaba todos los implementos para jugar y nunca les cobró cuota como se acostumbra en las ligas independientes”.
Era un crítico de la Selección Nacional de Fútbol, y no asistía a los estadios. Solía decir que en la Federación había muchos compadrazgos y que los directivos no dejaban progresar al deporte porque solo buscaban la manera de servirse de este. En la ACD quedó inscrito con el registro número 29.
En sus últimos días acostumbraba leer la Biblia y un libro de medicina natural que le regalaron. “A veces se echaba los tragos en la casa y se acostaba a dormir, pero desde hacía un tiempo salía con un su compañero de copas”, cuenta García.
La tarde del 31 de julio salió de su casa para reunirse con su amigo de copas; horas más tarde, sonó el teléfono de su residencia para comunicarles que había muerto atropellado a unas cuadras de su casa.
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