En los últimos meses voy con la oreja parada fisgando lo que las personas hablan por celular, ese aparatito que nos ha venido a facilitar la comunicación. Y las mentirillas idiosincráticas. Al fin, lo hacen en público, en voz alta y sin cubrir a bocina.
“No seas vulgar, vos cerote. Vos si que a la gran, increpa indignado un hombre a la bocina de su bb, en la fila para comprar un café.
“En el súper. (pausa) Sí, mi amor, vaya mi amorcito”. El tono meloso y complaciente de la mujer, las manos alambradas en gesto exasperado. La señorita de la caja apura con evidente comprensión y simpatía la compra en la tienda de zapatos.
“No, es que mi papá dejó olvidado el celular aquí en la casa”, dice el niño, de unos nueve años, asintiendo con sonrisa nerviosa y cómplice. La casa es un restaurante McDonald’s, y el papá está sentado frente a él y los restos de papel y cartón de la comilona. Una jovencita en uniforme cubre la bocina, pero susurra a gritos: “No puedo hablar, estoy en el cine” y se vuelve a sorber ruidosamente una bebida granizada, sobre el capó del auto estacionado bajo el sol. “Gracias, señora, muy amable. Si me hiciera el favor…”. Y tras asegurarse de cerrar la llamada, el mensajero con placa impresa en la espalda de la chumpa suelta un airado: “¡Vieja puta!”. “¡Aló! ¿Aló? No oigo bien, parece que se está cortando”, dice la elegante y dulce ancianita de pelo blanco, quien con sonrisita de medio lado presiona durante un tiempo innecesariamente largo el botón de apagado. Amigos y desconocidos, espero que estas perlas orales les hagan reír como a mí de buena gana, al reconocer en ellas un retazo de su guatemaltequísima alma.
>mopaiz@elperiodico.com.gt
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