Escribo mi columna desde Nebaj. Me cuesta concentrarme. Mis ojos se van detrás del rojo intenso de los cortes de las mujeres, mi olfato intenta descifrar si lo que huelo es incienso o copal y mi lengua se relame pensando en el rico boxbol que me voy a comer. En el viaje no podía dejar de ver las casas con sus ladrillos de adobe y las pocas que quedan con tejas de cuatro aguas. Veía los hüipiles y encontraba asociaciones simbólicas entre los tejidos y los caminos que suben y bajan las montañas. Me sorprendió ver una familia llevando sobre sus espaldas un cargamento de cántaros de barro. Pensé que ya no existían, que habían sido sustituidos por el plástico “made in China”. Me enoja no hablar un idioma indígena y no saber machacar en la piedra de moler las especias necesarias para hacer un tamal. Somos el único país del mundo donde los mayas no son objeto de museo, sino reales. Aquí la cultura maya se vive en cada esquina, se ve, se escucha, se huele, se siente. Y últimamente incluso, hasta se vende bien al extranjero. Pero todo eso puede acabar, ya sabemos lo frágiles que son, si aún sufren por enfermedades que hace siglos desaparecieron en el primer mundo como el cólera. Incluso hasta mueren por desnutrición o por accidentales genocidios, y qué mal sería eso, justo ahora que se pusieron tan de moda. Previniendo, el Instituto Guatemalteco de Turismo construirá el primer gran museo maya (al estilo del Guggenheim, según el director) con un mínimo costo de US$100 millones. ¿Cabrán ahí “nuestros” mayas?
>laluchalibre@gmail.com
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