A Adolfo Vivar, el alcalde de La Antigua, le está pasando igualito a lo que le aconteció a Alfonso Portillo, el expresidente. A los dos les cayó la viga. Los dos fueron por lana y salieron trasquilados, como dice el refrán. Ambos decidieron combatir la pobreza desde sus puestos públicos; pero no la pobreza ajena sino la propia. Debemos ser cautelosamente optimistas. Pero es alentador que en el país de la eterna impunidad, ya se están dando pasos para combatir la ausencia de castigo a los delincuentes. Es fácil, y en otras latitudes sucede, que quienes reciben un cargo que los hace personajes públicos se crean con derecho para echar mano, con toda tranquilidad y calma, de los fondos públicos que les son confiados.
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